Viralización de imágenes, fake news y construcción de pánicos sociales en Nueva Córdoba

Viralización de imágenes, fake news y construcción de pánicos sociales en Nueva Córdoba

1Sep22 0 Por Redacción La Tinta

La difusión de videos con imágenes de peleas y supuestos robos generó un pequeño pánico social esta semana en Nueva Córdoba. ¿Se trató de fake news? ¿Por qué y cómo se difundieron tan rápidamente? ¿Ante qué y cómo nos atemorizamos socialmente? El malestar económico y social, y las diferentes experiencias frente al delito generan el terreno propicio para la generación de estas olas de temor.

Por Déborah Goldin para La tinta

Durante la noche del lunes y la madrugada del martes, circularon mensajes, videos y audios que alertaban sobre una ola de robos “piraña” a peatones y domicilios en Nueva Córdoba. Estábamos cenando con amigas cuando llega el WhatsApp del hermano de una: “Se picó en Córdoba, tené cuidado”, junto con videos y audios reenviados varias veces. Al rato, otro mensaje: “Amichas, tengan cuidado si andan por Nueva Córdoba. Es un caos, hay peleas entre bandas”. A la mañana siguiente, llegaron más preguntas. Amigues de otras ciudades o provincias intentando saber qué pasaba. “¿Están bien?”, “¿Qué pasó?”. Algunos más precavidos decían: “¿Es posta lo de Nueva Córdoba?”. 

Lo cierto es que esa madrugada hubo un pequeño brote de pánico. Con un simple retweet y un par de mensajes compartidos por WhatsApp, ya teníamos los ingredientes necesarios para cocinar un caldo de miedos, bronca e indignación social que se difundía a toda velocidad. Al fin y al cabo, se trataba de los monstruos de siempre: jóvenes, pobres y en patota.

La novedad era que estaban llevando adelante robos “pirañas”. Las referencias racistas no tardaron en circular y los llamados a la violencia tampoco. “Sucios”, “feos”, “peligrosos” son algunos de los imaginarios circulantes sobre estos jóvenes. Sobre todo, no-humanos. En estos discursos virtuales (realizados en redes sociales), se menciona a los delincuentes como “ratas”, “cucarachas” y “pirañas”. Se habló de bandas encapuchadas que, además de robar, golpeaban y entraban a los domicilios. ¿Cómo no tenerles miedo? Así, algunos usuarios de Twitter y de otras redes sociales recurrieron rápidamente a un repertorio de demandas punitivas pidiendo “bala”, “paredón” y haciendo referencias ¿irónicas? a la película “La Purga”. En algunos grupos de vecinos, incluso, se debatió la posibilidad de salir a golpear y detener a estos supuestos delincuentes. 

A primera hora del martes, la jefa de Policía de la provincia Liliana Zárate desmintió la existencia de esta ola de robos durante la noche del lunes. Se refirió a los videos que circularon como un “montaje” e, incluso, mencionó la existencia de llamadas y mensajes falsos al 911 y a los grupos de WhatsApp de la Policía Barrial. Las declaraciones trajeron tranquilidad para algunos, aliviados de que nuestra ciudad no esté corriendo la suerte de otras ciudades más violentas como Río de Janeiro, San Salvador o Caracas. Por otro lado, generaron indignación entre quienes se sienten víctimas de la inseguridad y consideran que estas declaraciones niegan “la realidad”. Algunas personas se quejaban: “¿Cómo puede ser un montaje una filmación?”. 

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La extendida red de videovigilancia pública y privada nos pone frente a una ilusión de transparencia. Lo que queda filmado “es”. Creemos que estas imágenes son irrefutables y autoevidentes. Sin embargo, las filmaciones que circularon en las que un joven o un grupo de jóvenes golpean a otros podrían ser tanto imágenes de una riña a la salida de un boliche, un linchamiento o la escena de un robo con violencia en la que el ladrón golpea a su víctima. Sin contexto y sin interpretación, las imágenes tampoco nos revelan la verdad.

En principio, los videos y audios que circularon serían “fake”. La institución policial afirma que en esa madrugada no se registraron casos comprobados de robos “pirañas”, aunque sí hay registro de algunos casos relativamente aislados de robos bajo esa modalidad los días previos. Los videos que circularon serían viejos o de otro tipo de sucesos. Ahora bien, ¿por qué casi nadie dijo: “No lo sé, Rick, parece falso”, y nos subimos, sin más reparo, a esta ola de pánico compartida?


Ernesto Calvo y Natalia Aruguete sostienen que las fake news y su difusión por redes sociales no solo generan la transmisión de información falsa, sino que movilizan pasiones. Cuando vemos estos videos, no chequeamos quién lo compartió ni de cuándo son. Nos atemorizamos, nos indignamos y lo compartimos una vez más. En las redes, nos conectamos afectivamente con otres (que mayoritariamente piensan de manera semejante) y las fake news buscan activar estas emociones compartidas. Como afirman en su último libro, la intención de estas noticias “no es durar, sino lastimar”. 


Sobre quiénes y por qué viralizaron y llamaron a la Policía denunciando estos hechos “falsos”, se pueden desplegar diferentes hipótesis. Si se trata de una jugada política deshonesta, de internas propias del gobierno de la seguridad o si, simplemente, de un pánico moral autogestionado por ciudadanos de a pie, es algo que deberá determinar la Justicia. Sobre esto, ya existe una denuncia radicada en la fiscalía de instrucción a cargo de José Bringas. Sin embargo, aquí nos interesa preguntarnos cómo es posible que estos discursos prendan y se difundan velozmente. ¿Qué sustrato social hace posible que estos hechos parezcan verosímiles y generen semejante impacto?

Por un lado, esta ola de pánico remueve algunas memorias sociales de Córdoba, vinculadas al último acuartelamiento policial y los linchamientos en Nueva Córdoba, ocurridos en 2013. La sensación de caos y temor vinculada al delito y a “bandas” que circulan por este barrio capitalino se insertan en una historia reciente de nuestras emociones sociales. 

Por otro lado, los datos “objetivos” sobre ciertos delitos en Córdoba -y en muchísimos otros lugares- parecieran estar desanclados de la experiencia de una parte de la población. Según los últimos datos del Observatorio de Seguridad Ciudadana de Córdoba, en el 2021, la tasa de homicidios bajó de 3 a 2,3 con relación al 2020. Por contrapartida, aumentaron los hurtos y robos. Si comparamos las tasas de homicidios del 2021 de las provincias de Córdoba y de Santa Fe, vemos que la de esta última (10,5) cuadruplica a la de Córdoba. Entonces, ¿estamos más o menos segures? Quienes investigan sobre estos temas hace mucho que sostienen que el delito se suele concentrar social y geográficamente, por lo que estos datos macro no aportan demasiado para entender por qué tanta gente se siente insegura. No es lo mismo vivir en un barrio popular de una ciudad grande que habitar un barrio cerrado en una localidad mediana, ser una mujer migrante de cincuenta años o un estudiante universitario de veintipico.

Aquí el problema no es tanto la variación de los niveles de delitos, sino cómo estos son percibidos y experienciados. Hace ya más de 30 años, un grupo de criminólogos conocidos como “realistas de izquierda” demostraron que tanto las probabilidades de ser víctima de un delito como los diferentes impactos de esta victimización en las vidas de las personas varían de acuerdo a la clase, el género y la edad, entre otras variables. La probabilidad de ser víctima de un delito y el temor al delito son dos fenómenos que no necesariamente van de la mano, y que, además, se distribuyen desigualmente en nuestras sociedades, afectando más a quienes menos tienen. 

En un contexto de crisis económica y pospandemia, la posibilidad de ser víctima de un delito callejero se suma a un montón de otros malestares que viene acarreando gran parte de la sociedad.


Bajos salarios, precarización laboral e incertidumbre social son solo algunos de los elementos que podríamos mencionar. Si el sueldo no alcanza a fin de mes y es la segunda vez en el año que algún miembro de una familia debe intentar reemplazar un celular o una rueda de auxilio robada, la predisposición a sentir bronca frente a la llamada “inseguridad” es probablemente mayor. Si sumamos el bombardeo mediático sobre el tema y las dinámicas de viralización propias de las redes sociales, tenemos el marco ideal para que estos pánicos hagan sinergia y se magnifiquen.


Estos videos se difundieron con tanta facilidad, entre otras cosas, porque resultaban verosímiles a partir de la experiencia social de parte de nuestra ciudad con respecto al delito. Y porque se insertaban de manera más o menos coherente en una serie de discursos y emociones ya sedimentadas.

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Ahora resta preguntarnos qué efectos tiene la circulación de estos discursos y temores. Dicho de otro modo, qué terreno se va abonando con estas nuevas olas de pánico. El miedo y el descontento social traducidos en demandas de seguridad beneficia -directa o indirectamente- a diversos actores, instituciones y mercados. Políticos con agendas de demagogia punitiva centrados en proponer más represión y castigo; expertos, consultores y académicos especializados en el tema (digamos todo: por algo estoy escribiendo esta nota), y empresas del mercado de seguridad privada son solo algunos de ellos. 

Frente a este panorama, desde las agencias estatales y las ciencias sociales, podemos intentar mostrar a la ciudadanía que tal o cual cosa no sucedió, y denunciar a quienes, por malicia, ignorancia o desinterés, reproducen noticias falsas y/o intencionalmente sesgadas. Pero esto no alcanza. Es como decirle a alguien que está deprimido: ¡No te deprimas!, y pretender que esa persona salga de esa depresión con esas mágicas palabras. La inseguridad implica siempre una demanda hacia el Estado para garantizar un umbral de riesgos aceptables. 

Así, tenemos que hacernos eco de un abanico de demandas legítimas que preocupan a una parte importante de nuestra sociedad. No se trata de negar la problemática ni menospreciar las demandas públicas al respecto, sino de aportar a la construcción de intervenciones alternativas a las hasta aquí implementadas.

Proponer salidas que no impliquen una mayor punitividad y policialización, y que, por el contrario, reduzcan las intervenciones violentas por parte del Estado. Atender el problema, pero repensar las respuestas. Hoy, como siempre, es necesario profundizar el debate y la producción de conocimiento que pueda servir de insumo para la construcción de políticas públicas democráticas y respetuosas de los derechos humanos en materia de seguridad.

*Por Déborah Goldin para La tinta / Imagen de portada: A/D.

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