Una historia colombiana de injusticia y crimen

Una historia colombiana de injusticia y crimen

4Sep22 0 Por Daniel Campione

La biografía novelada de un académico y luchador social coloca la mirada en una sociedad lacerada por las acciones criminales de un poder insaciable.

Héctor Abad Faciolince.

El olvido que seremos.

Hay varias ediciones, de los sellos Planeta, Seix Barral y Alfaguara.

El que escribe estas líneas llegó a esta novela de autor colombiano por la vía cinematográfica: Un largometraje del mismo título, adaptación muy fiel del libro, dirigido por Fernando Trueba, sutil director español La visión del film, que se mueve entre una realidad social y política explosiva y los matices intimistas de una historia familiar fue el impulso para ir en búsqueda del libro.

El escritor relata la historia de su padre, Héctor Abad Gómez, médico sanitarista, profesor universitario y luchador por los derechos humanos residente en Medellín. También padre de familia numerosa, muy afectuoso, despreocupado por el dinero que su esposa se encarga de ganar en su lugar.

Por la justicia desde la medicina, la enseñanza y la denuncia.

Con su preocupación por los sectores explotados y marginados y los desastres sanitarios causados por el hambre y la pobreza se ganó el mote de “comunista”, sin serlo. Lo que se acentuaba porque los padeceres en el campo de la salud no eran presentados por el experto como hechos aislados, sino en tanto que producto de una brutal injusticia social, al amparo de los beneficiarios de la desigualdad.

A causa de sus denuncias de los innumerables y constantes atropellos por parte de los poderes, formales y de los otros, de la sociedad colombiana, sufrió hostigamientos y amenazas variadas. Declaraciones y manifiestos contra abusos y crímenes de Estado contaban siempre con su adhesión y a menudo con su impulso.

También hirieron sensibilidades sus fuertes críticas al poder eclesiástico, al que le imputaba su ajenidad respecto al verdadero espíritu cristiano. Que desde su agnosticismo respetaba y valoraba en representantes de la religión alejados de las jerarquías.

Si no hubiera sobrepasado los márgenes de un humanismo “genérico” y de la vaguedad de denuncias contra “violentos” indeterminados, Abad Gómez podría haber sido venerado como un valioso sabio, un orgullo para su país. Adoptar las actitudes opuestas lo convirtieron en un “subversivo” peligroso. El no acatar las exhortaciones a la mesura y la prudencia convirtieron a sus actos en imperdonables.

Lo apartaron más de una vez de sus cátedras en la universidad antioqueña ese tipo de académicos “imparciales” que tanto hemos conocido por estas pampas. Sus declaraciones y acciones “imprudentes” caían mal para los directivos deseosos de mantener a la casa de estudios en el concierto de las instituciones insignes, con la iglesia católica incluida.

El final de su vínculo con la universidad se produjo por medio de una jubilación repentina e inconsulta. Un acto de protesta contra esa exclusión de las aulas con clara carga política constituye un nudo de la narración, que se despliega en parte con ese suceso como punto de referencia.

El crimen como respuesta

Medellín era un infierno aún para los parámetros de Colombia. El relato llega hasta la década de 1980, en plena campaña de exterminio contra dirigentes y militantes de Unión Patriótica. El partido de izquierda constituido a partir de un acuerdo de paz que los poderes fácticos se encargaron de pulverizar mediante el asesinato en masa de los miembros de la nueva fuerza política.

Abad Gómez no pertenecía a esa agrupación ni tenía vínculos con la guerrilla, sino con el ala izquierda del partido Liberal. Llegó a ser candidato a alcalde de Medellín, en desafío al establishment partidario. Mientras llevaba adelante esa postulación, amigos y correligionarios suyos caían bajo las balas de sicarios y paramilitares. Hasta que el ataque criminal llegó hasta él.

El médico y catedrático fue una víctima más de una batalla sangrienta contra el pueblo. Desatada desde el poder económico, político y militar por el dominio de la tierra, los bienes públicos, los medios de comunicación, la religión. Con el narcotráfico en un lugar importante, incluida la penetración generalizada en los aparatos del Estado. Las elites dominantes de la sociedad colombiana han piloteado esos ataques, con las balas como instrumento de primer orden para el afianzamiento de su poder.

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La narración acompaña esos avatares biográficos, con una prosa sencilla, sin ningún tipo de alardes formales. Las referencias políticas no siguen un rumbo independiente en el libro, sino que se desarrollan dentro de una preocupación fundamental por la pintura del personaje. Y en torno a una búsqueda de “aclarar las cuentas” dentro de una relación paterno filial estrecha y amorosa. Y por eso mismo difícil.

Algunos le reprocharán al novelista situarse no pocas veces a la derecha de las posiciones de su padre. Pero a no confundirse, lo hace desde un profundo cariño y respeto y sin caer en monsergas contra la violencia de abajo que terminen disimulando o exculpando a la de arriba.

Y si bien se muestra crítico de las guerrillas no equipara sus actos violentos con los que parten del Estado o de las maquinarias armadas extraoficiales que hacían el trabajo más sucio.

Libro recomendable, ventana a la dolorosa historia de un pueblo oprimido por el poder asesino. El mismo que presumió siempre de “democrático”, con el apañamiento imperial que nunca ha faltado en estos casos.

Daniel Campione en Facebook.

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