Malvinas y los cuerpos sin nombre

Malvinas y los cuerpos sin nombre

2Oct22 0 Por Daniel Campione

Un libro reciente abre un abanico de testimonios e interpretaciones en torno a la tortuosa identificación de una parte significativa de los argentinos muertos en combate en la guerra de 1982.

Leila Guerriero

La otra guerra: Una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas.

Barcelona. Anagrama. 2021.

94 páginas.

Este año se cumplen cuatro décadas de la guerra de Malvinas. Lo que ha dado lugar a la publicación o la reedición de varios trabajos a propósito de la historia de las islas, del desarrollo del conflicto, de sus secuelas.

A estas últimas alude esta breve obra de una acreditada periodista, con varios libros previos. Se ocupa aquí de un costado particularmente sombrío de las consecuencias de la guerra: Los combatientes argentinos muertos, y enterrados sin identificación, bajo la ya famosa inscripción: “Soldado argentino solo conocido por Dios.”

Identidades en juego.

Una vez más en la historia argentina reciente, la privación de la identidad. De nuevo con una culpabilidad inicial clara: La dictadura que después de desatar y perder el conflicto, no se dignó siquiera comunicarle a lxs familiares la suerte corrida por “los chicos de la guerra”.

Madres, padres, hermanxs, novias, esperaron durante años un imposible regreso, entre informaciones extraoficiales, fragmentarias, incomprobadas, que a menudo se revelaron erróneas. Durante largo tiempo ignoraron incluso la existencia de tumbas individuales de los fallecidos. Pensaban que habían sido sepultados en fosas comunes.

Un protagonista ineludible de esta historia es Geoffrey Cardozo, el oficial británico que estuvo encargado de enterrar los cuerpos que habían quedado a la intemperie, bajo el cielo del archipiélago. Identificó a una buena parte de los muertos, no pudo lograrlo para el resto. Elaboró un buen informe. El gobierno argentino lo recibió, sin trasmitir sus resultados a los deudos de los soldados y oficiales sepultados allí.

Geoffrey Cardozo en una foto reciente.

El silencio, la ignorancia programada, la carencia de certidumbre y de un lugar a donde llevar flores, conformaron un cuadro con ominosas resonancias de las desapariciones de la dictadura. Esos ecos fueron motivo de una verdadera “batalla”.

Hubo agrupaciones de familiares y de veteranos que querían negar el problema de identidad y pregonaban que esos cuerpos en suelo malvinero eran por sí mismos una muestra de soberanía argentina.

No querían saber nada de que se hablara de “NN” o de desapariciones. Y pregonaban que los intentos de restituir las identidades tenían como objetivo inconfeso el de retornar los restos al territorio continental.  Fingían creer en una oscura conspiración orientada a una abdicación de soberanía, al restar esa “presencia argentina” en el suelo irredento.

Como se relata en la investigación, no fueron pocos lxs familiares que creyeron en esa historia y no quisieron colaborar con el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, que junto con otras instancias dirigía el delicado trabajo de identificación.

Se entrecruzan en el relato personajes impensados. Como Eduardo Eurnekian, auspiciante y financista de reacondicionamientos en el cementerio, viajes de deudos a Malvinas y otras actividades con aires de suplencia respecto de un Estado nacional que no se ocupaba del tema.

La autora ha realizado múltiples entrevistas de las cuales transcribe pasajes. Fragmentos de historias de vida, de penas profundizadas por la incertidumbre. Familiares que se derrumbaron, murieron en medio del dolor o se hundieron en adicciones, tentativas de suicidio, trastornos psiquiátricos.

La memoria en disputa.

Se habían sucedido la guerra absurda, la compulsión a un silencio forzado y hasta al olvido. Las juventudes truncadas por obra de un emprendimiento dictatorial y las tumbas sin nombre. Así como las presiones de sectores ligados a la abierta o velada reivindicación de la guerra e incluso del accionar de las fuerzas armadas. Sumado a la existencia de “héroes de guerra” que antes habían sido asesinos y torturadores y ahora eran postulados para integrarse a un culto a los caídos.

Entre los elementos que pone de manifiesto el libro, uno innegable es la necesidad de prestar atención al costado malvinense de la herencia dictatorial.  La interpretación de la contienda sigue en disputa, y junto con ella, la posibilidad de resignificar el reclamo antiimperialista y anticolonialista.

La consideración de la ocupación como un resabio colonialista puede y debe ir junto a la condena irremisible a quienes pretendieron “salvar” a la dictadura con una acción bélica descabellada.

Esa resignificación necesaria se da en un cuadro en el que hay sectores, en particular de intelectuales, que proponen el abandono de la reivindicación territorial y el establecimiento de relaciones sobre nuevas bases con el Reino Unido y con los habitantes de las islas.

Existen asimismo los grupos ya mencionados, que asumen un nacionalismo de ecos militaristas. Que incluso apunta a transformar lo que fue la derrota vergonzosa como parte de una aventura omnipotente en un motivo para reivindicar a las fuerzas armadas argentinas. Las mismas cuya historia de infamias arranca ya en la primera mitad del siglo XIX y no cabe asegurar que haya terminado.

Esa “otra guerra” por la memoria de Malvinas y de quienes lucharon y murieron en su suelo sigue en curso. El combate por la memoria, verdad y justicia por todos los crímenes de la dictadura continúa en pie, con fuerza renovada en cada esclarecimiento y condena logrados de los actos de barbarie.

La (i)rresponsabilidad del Estado posdictatorial a la hora de lidiar con verdades incómodas y silencios ocultadores es otro factor digno de debate. Que haya sido un conspicuo representante del gran capital local el encargado de ejercer una suerte de “mecenazgo” a favor del restablecimiento de identidades y de la mitigación del dolor no es una mera anécdota. Constituye un síntoma de la abdicación de responsabilidades por parte del aparato estatal.

Eduardo Eurnekian, en visita al cementerio isleño.

El genocidio contra el pueblo argentino continuó por otros medios tras la ocupación de abril de 1982. Esa apreciación no puede obturar otra, asimismo presente en las páginas escritas por Guerriero: El acto de “recuperación de soberanía” fue aplaudido por multitudes enfervorizadas en las calles. En un escenario a la vez complejo; no fueron pocxs los que ocuparon el espacio público dispuestos a celebrar la reivindicación anticolonial, sin por eso cejar en la condena a la dictadura.

La periodista podría haber contextualizado con más amplitud su trabajo, de modo de inscribir con mayor claridad la presencia y las transformaciones del cementerio en el decurso de la “democracia menguante” que padece nuestro país.

Cabe señalar un error que no minusvalúa al trabajo de la autora, si bien se vuelve notorio por su reiteración: En cada mención que se le hace, al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri se le atribuye el grado de teniente coronel, cuando es sabido que era teniente general, graduación ínsita a la comandancia general del ejército que ejerció.

Prefirió sin dudas un relato breve, sin embargo con espacio suficiente para volcar los resultados de una minuciosa búsqueda de testimonios. Cabe reconocer la tarea realizada y emprender la lectura de un escrito sucinto y a la vez rico a la hora de iluminar márgenes de la historia argentina reciente.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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