Regreso al reino. Kioskos

Regreso al reino. Kioskos

28Oct22 0 Por Raul Garcia Sanchez

“La hecatombe de la celulosa se extiende al mundo. La crisis es global. La ecología “de papel” está de enhorabuena. En la era de los Plyscrapers y las WikiHouses, los árboles ya no acaban en los kioscos, sino en la última tendencia en edificios, casas y muebles digitales. El capitalismo verde se muere de la risa”.

Siempre fui un ojeador de quioscos. Desde mi infancia, en el barrio obrero de Alcorcón, la ciudad dormitorio donde crecí en los 80 y 90, adquirí el hábito de asomarme por esos monumentos vivos de lo urbano y observar los productos culturales que deambulaban por ellos cada día, cada semana, cada quincena, cada mes. Aunque no tuviéramos `pelas´ para comprar, el quiosco de prensa era un espacio cuasi público donde curiosear las nuevas publicaciones. Lo interesante de los quioscos, lo que crea y mantiene el rito de la frecuencia, es precisamente la periodicidad y el recambio. Los diarios, generales o deportivos, la revista, los suplementos dominicales, los sobres de cromos o hasta de pequeños soldaditos, la colección de enciclopedias de todas las temáticas, de clásicos de la literatura universal, de aviación o hasta de monedas, aparecían, desaparecían y se renovaban creando el deseo, el hábito, el rito. Tanto, que muchos niños y jóvenes nos la pasábamos juntando pesetas para alcanzar nuestro pequeño deseo semanal o mensual. En las casas de las clases trabajadoras de las diferentes regiones del Reino, es habitual encontrarse con colecciones de varios tomos de aficiones de todos los colores. Gran parte de ellas se adquirieron en quioscos. Los gustos más rocambolescos que tienen cabida en una sociedad, se podían encontrar en ellos. Por la historia de los quioscos han pasado todo tipo de pequeñas mercancías de la cultura. Desde la revista de moda, decoración, deporte, artes marciales, musculación, caza, fauna, flora, coches, motos, aviones, armas o hasta de ovnis, más allá, astrología y por supuesto pornografía. También estaban las revistas serias para gente seria: economía y finanzas, historia, política, arte, cine; ¡hasta la filosofía tenía su espacio! Por supuesto, no podía faltar la farándula. El hábitat natural de la revista rosa fue y sigue siendo el quiosco.

Si quieres conocer una sociedad, asómate a sus quioscos. Para tener una radiografía de sus gustos culturales, solo tienes que ojear ese peculiar escaparate de la realidad, esa caverna de Platón que refleja las sombras estructurales de nuestros grandes y pequeños mundos.

Es por eso, que tras 8 meses habitando en la República Bolivariana de Venezuela, al regresar al Reino de España, en cuanto pude me dediqué a asomar la cabeza en sus quioscos. Unos pocos siguen estando en el mismo lugar que estuvieron desde que tengo uso de razón. Los otros han desaparecido. El quiosco es hijo pero también víctima de la modernidad en su nueva versión 2.0. El capitalismo digital está cambiando nuestros ritos, y cada vez menos personas conservan la costumbre de frecuentar el quiosco, porque cada vez menos personas leen en papel.

El papel está en decadencia y los quioscos, junto a los lectores, en proceso de extinción. En breve, los pocos quioscos que queden serán dinosaurios coleantes en medio del ruido urbano. No es difícil imaginar que en apenas unos años, extinguidos casi todos los quioscos, algunos se mantengan no como negocio sino como meros museos vintage al aire libre, con portadas desactualizadas y estéticas anticuadas y libros que ya no se leen. Tampoco es descabellado pensar que en unas pocas décadas, dentro de algún museo de Madrid, París o Barcelona encontremos la reproducción de un quiosco antiguo. Para quienes sigamos vivos en ese entonces, entrar a esos museos será como entrar en nuestro pasado. Sufriremos una nostalgia extraña, porque a los quioscos les habrán arrebatado las calles.

Lo mágico de los quioscos siempre ha sido esa fusión con la calle y su bullicio. Ese confundirse con su trasiego, ser parte del paisaje. Los quioscos han sido testigos sempiternos de la transformación de nuestras urbes, esas moles de la civilización que el capitalismo ha convertido en su fetiche y su reflejo, en copias de sí mismo, en copias de sí mismas. Hoy su versión digital acaba con los quioscos. Dicen que los quiosqueros eran informantes clave del barrio. Durante el franquismo, las licencias de los quioscos se concedieran a personas afines al régimen. Ya no hace falta informantes en las ciudades que todo lo ven. La sociedad de la vigilancia no necesita ojos humanos. Miles de ojos cibernéticos inundan nuestras metrópolis.

En el lugar de donde vengo, los kioscos de prensa -allá se escriben y pronuncian con k, le guste o no a la RAE- han perdido su esencia, su color y su viveza precisamente porque han sido despojados de la materia prima que nutre sus estantes: el papel. Un kiosco sin papel es como un muerto en vida, un brontosaurus disecado en el espacio urbano. Es por eso que en ciudades como Caracas, lo que menos venden los kiosqueros es prensa. Una de las materias primas más afectada por el criminal bloqueo contra Venezuela es el papel. Allá, la prensa en papel no es que no se lea, es que apenas existe. La que sobrevive, como Correo del Orinoco, se imprime con apenas unos pliegos. Un orden internacional impone sanciones a las naciones que deciden decidir por sí solas. Las consecuencias se palpan en las cosas materiales, en lo más sencillo y cotidiano. Las verdaderas consecuencias apuntan a la materia espiritual del pueblo. Hacia allí se dirigen los misiles de cuarta generación de las guerras no convencionales. 

Si los comparamos con los venezolanos, los quioscos del Reino gozan de buena salud. Sin embargo, los quiosqueros aquí, como en Venezuela, cada vez venden menos periódicos y revistas y más de cualquier otra cosa. En los kioscos de Venezuela se venden dulces, frutas, caramelos e incluso café, cambures y otras frutas. Aquí ya podemos comprar en los quioscos desde paraguas, sombreros o bolsos hasta abanicos, chicles, lotería, juguetes o productos informáticos. En Caracas o Madrid, hoy puedes recargar tu teléfono en un kiosco. La primera recarga de móvil tras este regreso la hice en uno la Gran Vía madrileña. Allí las revistas y la prensa eran ya un producto secundario. Eso dejó pensando a mi hemisferio izquierdo en la rara idea de cuándo un quiosco deja de ser un quiosco.

En los años 80 y 90, los kioskos de barrios obreros o populares -allí se escriben y pronuncian con doble k, le guste o no a la RAE- eran distintos de los barrios bien, las zonas `pijas´ de nuestras ciudades. Había productos que coincidían, pero otros variaban en función de algo que podríamos llamar una diferencia estética de clase. No podía ser lo mismo un kiosko de Vallecas o de Carabanchel que un quiosco de Goya o Velázquez, como no podía ser igual un quiosco en el centro de Valladolid que un kiosko el Polígono Sur de Sevilla. Hoy, salvo excepciones, no se ven demasiadas diferencias, se trate de la Barceloneta o del barrio más pijo de Santander. En el centro histórico de algunas ciudades los quioscos lucen productos para el turismo, pero eso no es nuevo. Las postales, costumbre también en extinción, siempre adornaron los quioscos de los focos turísticos. Si nos ceñimos a los productos naturales del quiosco, esos que parece que nacen ahí cada mañana, paridos en las aceras, junto a los estantes, son casi idénticos en todos los quioscos que siguen en pie, a pie de calle. Mi hemisferio izquierdo, ingenuo, sigue imaginando: ¿Se extingue, con los quioscos, la diferencia estética de clase? ¿Las clases sociales están en proceso de extinción? Ya te gustaría, le contesta altivo mi hemisferio derecho.

Aunque otros productos hayan venido disputándole el espacio, la prensa es el fruto por antonomasia del quiosco. Tanto, que hoy no sabemos si el quiosco hizo a la prensa o fue la prensa la que hizo al quiosco. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Darwin y la teoría de la evolución no pueden venir a socorrernos; zanjamos pues con la idea de que el quiosco debe su existencia a esa especie en extinción llamada prensa. ¿Qué es entonces un quiosco sin prensa? En mi adolescencia, a la costumbre de meter las narices en el quiosco se sumó el ejercicio de hacer un pequeño repaso a las portadas de todos los periódicos, comparándolos, en función de su línea ideológica. Con el tiempo descubrí que pese a las apariencias, no es tal la diferencia, pero ese es otro asunto. Hoy ese mismo ejercicio podemos hacerlo por internet. Todo parece más fácil en la era del metaverso, pero algo hemos perdido en el camino, aunque sea el propio camino que separa el hogar del quiosco.

Camino en busca de más quioscos que alumbren mis sospechas y pienso que hace tiempo se podían comprar sobres de cartas en algunos de ellos. Hoy hay dificultades para encontrar un buzón. Enviar una carta es ya un acto de herejía. Leer un libro en el bus o el metro era una estampa cotidiana 20 años atrás. Hoy es una anomalía. De nuevo el orden y de nuevo mi hemisferio izquierdo pensando rarezas. No me da tregua y sigue. Un tipo de orden pretende imponerse, pienso asustado. ¡Qué novedad! exclama irónico mi hemisferio derecho.

El Covid-19 asestó un duro golpe a la lectura en papel y por tanto a los kioscos -desde ahora, lo escribiremos y pronunciaremos con K, le guste o no…-. La pandemia aceleró la programada transición capitalista hacia el abismo digital. El papel es otra de sus víctimas aceleradas. Un anciano con esclerosis múltiple en la multitud cultural del presente. En el Reino de España, las cifras hablan de una pérdida del 60% en la venta de papel. La hecatombe de la celulosa se extiende al mundo. La crisis es global. La ecología “de papel” está de enhorabuena. En la era de los Plyscrapers y las WikiHouses, los árboles ya no acaban en los kioscos, sino en la última tendencia en edificios, casas y muebles digitales. El capitalismo verde se muere de la risa.

Me pregunto qué está pasando no solo con los kiosqueros, con toda la cadena de trabajadores de la prensa de papel. Partiendo del operario de imprenta o pasando por el repartidor de media noche que posibilita comprar el periódico antes del amanecer. Desde la crisis de 2008, según datos del Estudios General de Medios, se calcula una merma de 10 millones de lectores de prensa. Las pérdidas se compensan subiendo el precio de los ejemplares un 15% en 10 años. El diario El País, cuesta ya 1,80€ de lunes a viernes, 2,20€ los sábados y 3€ los domingos. El día que nací, el diario más vendido de la “democracia” costaba 20 pesetas. 10 años después, 65. En 2000, 125 pesetas (0,75€) y en 2010, 1,20€. Pero la verdadera ganancia con la prensa y las revistas hace rato que no pasa por las ventas sino por la publicidad. Eso también está en decadencia. Las marcas cada vez pagan menos por anunciarse en papel. El precio de la celulosa alcanza cifras récord en los últimos meses de 2022 por la crisis energética agravada con la guerra en Ucrania. Tanto, que ya se habla de otra posible crisis del papel higiénico. Todo plebeyo del Reino recuerda la escasez durante el Covid-19. El coronavirus aceleró el derrumbe de la prensa. Situación que se traduce en destrucción de empleo en el sector. Reestructuraciones de empresa, ERTEs, EREs, cierres, despidos masivos.

Al nuevo orden le sobran los kioscos. Desde 2012, han desaparecido más de 6.000. En la ciudad donde vivo, Albacete, en la llanura manchega, apenas sobreviven 2 kioscos activos. Digo activos porque algunos siguen en pie pero ya no abren sus puertas. ¿En qué especie de dinosaurio se convierte un kiosco en medio de una plaza cerrado a cal y canto? Me acerco a uno de los kioscos que sobreviven. Una madre y sus hijos están comprando dulces. Me sorprendo porque no veo un solo periódico. La tarde está acabándose, ¿se habrán vendido todos? Converso con el kiosquero y me intereso en cómo hace para salir adelante. “A duras penas. Estamos mal, muy mal”, me confiesa desde el interior de un kiosco iluminado que ya es más tienda de golosinas que otra cosa. “Sigo en esto porque ya tengo una edad y ¿dónde voy, qué hago?”. ¿No tienes prensa?, le pregunto extrañado. “No, ya no vendemos prensa. Desde el Covid dejaron de traerla. Ahora lo único que se vende es esto”, afirma resignado señalando las bolsas de gusanitos y los otros dulces y juguetes para niños que decoran el mostrador. Apenas unas revistas al pie y unos escasos libros sobreviven en vitrinas malnutridas. ¿Y cómo fue la época del confinamiento? “Yo tuve que cerrar”. Pero el real decreto del gobierno obligó a los kioscos de prensa a seguir abiertos, comento. “Sí, pero yo cerré; no había nadie en la calle, no se vendía nada y estábamos aquí pasando frío y pagando luz”. Lo bueno es que está en una buena zona, con mucho tránsito de gente, digo como para animar el panorama. “Nada, la gente mucho pasearse pero compra poco. Los que funcionan son los hosteleros, que se quejan mucho pero…”. ¿Puedo hacer una foto al kiosco? Asiente con un gesto; “pero que yo no salga”, añade con semblante serio.

Con esa imagen triste, camino en busca del otro kiosco superviviente de la ciudad. Lo que me encuentro me levanta el ánimo. Un kiosco que sigue siendo un kiosco, con su dignidad de kiosco, pienso con solo mirarlo. Parece mentira decirlo, pero sorprende que lo que predomine en él sea el papel. Sus estantes lucen una variada gama de revistas y la prensa se mantiene en la base, tísica, pero se mantiene. El kiosquero me cuenta que lo que más se venden son cromos y revistas, “pero algunas cabeceras han desaparecido”. ¿A qué se refiere? “Firmas que han quebrado y eran dueñas de varios títulos de revista. Lo otro es que las que quedan cada vez son más caras”. ¿Y la prensa? “Apenas se compra, la gente joven ya no lee prensa. Ahora me llegan como 15 ejemplares de cada periódico y al final de la jornada quedan algunos que hay que devolver. Nada que ver con lo que se vendía hace 10 años. Desde entonces ha caído como un 70%”, me relata amable. ¿Y cómo fue durante el confinamiento? “Bueno, aguantamos como se pudo, la gente podía salir a comprar el periódico y con eso algo se fue vendiendo. Está mal decirlo, pero como soy el único que queda en Albacete, eso ayuda”, afirma con honestidad.

Los enormes montones de prensa que hace décadas llenaban los estantes cada mañana e iban desapareciendo a lo largo de la jornada, han pasado a la historia. Podía calcularse la hora del día por el tamaño de las pilas de periódicos en los kioscos. Si nos guiáramos hoy por ese reloj desfasado, pensaríamos que desde primera hora de la mañana son las 6 de la tarde. ¿Qué temáticas desafían a la crisis del papel? ¿Qué encontramos en los kioscos del Reino? La gama de periódicos no ha variado en años. El País, El Mundo, ABC, La Razón, La Vanguardia, el Periódico… Todos financiados y al servicio del gran capital. Quienes se aventuraron, como Público, al mundo de la prensa escrita, debieron retirarse de los kioscos. En el ancho mundo de las revistas, todavía encontramos gran variedad de temáticas. Historia, cine, ciencia, motos, coches, caza, juegos-gamers, computadoras, astronomía, infantiles. No pueden faltar las revistas para emprendedores. Pero la especie que sobrevive por aplastante mayoría es la prensa rosa o del corazón. Hola, Pronto, Diez minutos, Semana, Lecturas. A los títulos que no han cambiado en siglos, se suman otros que renovados mezclan ese tono con otra temática. La salud, paradójicamente, es buena candidata para fundirse con un estilo moderno de la revista rosa. Saber vivir, Saber cocinar, saber de todo. Las revistas forman expertas y expertos de la salud. El deporte es otro buen aliado. A las clásicas revistas de consejos para mujeres, se suman ahora las revistas de belleza masculina. Bienvenida la igualdad, dice la matriz cultural del capitalismo. ¿Y pornografía? Las tetas ya no nos miran desde los escaparates kiosqueros. No es políticamente correcto en la época del porno al alcance de un clip.

¿Develan esas temáticas las inclinaciones culturales de nuestra sociedad? Está bien, aceptamos la derrota. Ante el aplastante predominio digital, la muestra no es significativa. Esos gustos culturales hablan tan solo del pequeño mundo que sigue comprando periódicos o revistas en papel. Los métodos de medida también van mutando.

Si meter la cabeza en los ya escasos quioscos ayuda –cada vez menos- a aproximarnos a las tendencias culturales de una sociedad, si quieres saber quién manda en ella, analiza las noticias de los grandes medios. Parafraseando a Tip y Coll, en el próximo capítulo hablaremos no sólo del gobierno, también de qué se cuentan los periódicos en el Reino de España.

Raúl García es antropólogo y comunicador popular de Vocesenlucha
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