A falta de ilusiones políticas, bueno es el fútbol

A falta de ilusiones políticas, bueno es el fútbol

19Dic22 0 Por Guillermo Cieza

Que sea el fútbol el gran convocante para las manifestaciones populares, es una foto de la realidad.

Un pueblo que necesita creer y que no encuentra en la política propuestas para enamorarse, encontró en Messi y la selección de Scaloni una epopeya deportiva que le ayuda a recuperar su autoestima y por sobre todo un liderazgo “que no nos deja tirados”.

La movilización popular por el triunfo de la selección argentina fue la más importante de los últimos años. Hay que remontarse a la década del 70 para encontrar esas masividades. Algunos cálculos dicen que en el obelisco hubo más de un millón de personas, pero también hubo concentraciones y festejos en todas las plazas del país.

Puedo contar lo que viví, que fueron los festejos en La Plata. Vivo en un barrio popular y arrancamos con mi compañera a pie en dirección al centro. El primer diálogo fue con un pibe que se acercó a decirnos, sin que se los hayamos preguntado. – Grande señor. Para mí es la primera copa-.

foto-Eliana Negrete

Cuando cruzamos calle 1, la diagonal setenta y cuatro empezaba a convertirse en un río que se iba llenando de sonidos, automóviles repletos y grupos de personas. Era un paisaje extraño. Iban con dirección al centro los que no van nunca al centro. Los guachines, los desdentados, los autos que no pueden pasar una revisión técnica, las camionetas viejas y sin patente, los sin casco, los sin papeles. Ese día también había policía, pero no coraje para detener a nadie. Nunca nos saludaron tanto personas que no nos conocen.

Hacía tiempo que no tenía esa sensación, que alguna vez había vivido en Venezuela, de ser parte de una caravana vital y festiva, que no podía tener otro destino que la victoria. Llegamos a Plaza Italia y nos encontramos una vieja pik-up negra que parecía haber hecho su último recorrido para plantarse en la salida de calle siete y exhibir su leyenda “Que mirás bobo”.

Ya por avenida siete se hizo imposible avanzar. La caravana se convirtió en una danza en el lugar. Estaba resignado a que no conocería a nadie de los que nos rodeaban, cuando aparecieron mis nietos, mi hijo y mi nuera. Lindo lugar para un encuentro familiar.

Cuidando el corazón de tantas emociones, nos fuimos temprano. Seguía llegando gente de todos lados, y el centro de la Plata, se volvía celeste y blanco. Regresé acordándome del repique de la derecha de que este es un país de mierda, y de que hay que cuidarse de los otros, sobre todo si son pobres. Regresé acordándome de los que prometen dar prioridad a los que menos tienen y después lo ponen a Massa para que reparta dólar soja para los grandes especuladores y ajuste para los bolsillos populares. No pude evitar acordarme de algunas discusiones con compas de izquierda sobre la identidad nacional, sobre la necesidad de recuperar los símbolos nacionales como la bandera para que nos acompañen en una propuesta de transformación. Es fútbol, pero como militante popular político no pude de dejar de tener cierta envidia por ese grupo de muchachos de distintas generaciones futbolísticas que se pusieron a trabajar en serio y con perfil bajo, por un objetivo que consiguieron.

Llegábamos de vuelta a la casa y escuchábamos gritar a un borracho, porque no hay fiesta popular sin un borracho: –sufrimos pero ganamos, los argentinos somos los campeones, para que nos vea el mundo-.

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