El “Cagón” Fernández

El “Cagón” Fernández

27Dic22 0 Por Tablón Argento

En los partidos que jugábamos entre nosotros, el pibe era un crack.


El “Chueco” Fernández era flaquito y alto, cabeceaba bien y su gambeta era endiablada. Pedía siempre la pelota y podía habilitar a cualquier compañero, porque tenía un gran panorama de toda la cancha. Era como si tuviera una antena con visión de 360 grados, un ojo en la nuca. Que se yo.

Por eso hacía pases memorables como el que le hizo al gordo Palacios que se cayó a sus espaldas y terminó haciendo un gol de palomita.

Pero eso pasaba en los partidos en la canchita, en los entrenamientos. En los partidos con público, el Chueco Fernández, arrugaba. Nunca se supo la razón. Tampoco era tanta gente, si 80 personas pagaban la entrada en un partido de la cuarta división ya estábamos hechos. Al principio pensamos que era porque iba al estadio una morocha que le gustaba. Uno de los pibes más grandes comentó que el amor te puede paralizar. En mi pueblo no había psicólogos, así que fue la barra la que habló con él. Pero siguió igual. Jugando entre nosotros era un crack, cuando los partidos iban en serio era un amargo. Al final hablamos con la piba y le explicamos. La morocha no tenía ni media onda con el Chueco, pero hizo el sacrificio, por los colores del club. Y también porque hicimos una colecta y le pagamos para que los días del partido fuera al cine y le conseguimos una entrada para el matinee con una consumición paga.

Pero no hubo caso. El Chueco Fernández seguía arrastrando los pies en la cancha y se escondía detrás de los rivales para que no le pasaran la pelota. Después hubo otras versiones: una de ellas era que al Chueco lo mataba la ansiedad y se desorejaba antes de los partidos. Le hicimos guardia. Una noche lo hicimos dormir con las manos atadas. Siguió igual y con el fracaso le llegó un nuevo apodo que lo iba a acompañar toda la adolescencia. Dejó de ser “el Chueco” y empezó a ser el “Cagón Fernández”.

Los pibes de los barrios son crueles con los apodos. Yo también le decía Cagón, pero en conversaciones entre amigos, cuando él no estaba presente.
Pasaron los años, me fui a estudiar a La Plata y no supe más de ese pibe. Pensaba que se había quedado en el pueblo. Pero un compañero de trabajo que cayó en cana después del golpe de los milicos, por un garrón, me contó la historia del guardiacárcel Fernández. Era el más verdugo de todo. Pero un día los presos se enteraron de su historia. Y aparecieron unos versos escritos en la pared del baño “Fernández, sos un Cagon/ naciste y te vas a morir Cagón”. Un poco forzada la rima, pero le hicieron justicia.

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