Fernando Báez Sosa: Un crimen de clase

Fernando Báez Sosa: Un crimen de clase

7Ene23 2 Por Guillermo Cieza

En la medida que van desfilando distintos testimonios en el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa, se confirma que sus autores materiales, son el emergente de un sector social que se suponen por encima del común, de la obligatoriedad de cumplir normas de respeto colectivo, y que han sido educados con una fuerte carga de racismo.


Desde esa lógica, Fernando era apenas un “negro de mierda”, un extranjero mugriento, al que había que golpear hasta el final. Acabar con su vida era un trofeo, que permitía al grupo agresor exhibir su superioridad. La filmación de la golpiza por los propios atacantes, destinada a ser difundida por sus redes sociales, demuestra que protagonizaron un hecho del que estaban orgullosos. Los policías que fueron a averiguar su responsabilidad en los hechos ocurridos, confirman una total falta de empatía con la persona que habían atacado, y de preocupación porque sus actos tuvieran alguna consecuencia. Podían hacer bromas sobre la propiedad de las prendas halladas con restos de sangre, o disfrutar de la mentira de acusar a otro joven que estaba a cientos de kilómetros de distancia.

Estaban convencidos de su impunidad. Seguramente habían vivido otras peleas en su ciudad natal, Zarate, pero después llegó alguien con más autoridad que la policía y el poder judicial, para arreglar las cosas.

Los asesinos de Fernando Báez, no son ocho loquitos sueltos. Son quienes llevaron a los hechos ideas que comparten muchas personas en este país. Son el emergente delictivo de quienes se indignan porque existen planes sociales. Expresan la furia de quienes se sienten invadidos porque personas extrañas a la de su clase: por el color de su piel, por su condición su social humilde o origen inmigrantes, ocupan lugares públicos que consideran de su pertenencia. Desde un boliche bailable, hasta la cola de un cajero automático.
La idea que este país se arreglaría si acabamos con “los negros de mierda”, no es patrimonio de una decena de rugbiers. Es un piso de consenso en circuitos sociales de alto poder adquisitivo y de sectores medios que pretenden ganar status social, adhiriendo al gorilismo. Ha ido propagandizado por comunicadores que han actualizado expresiones como “aluvión zooloógico”, reemplazándola por “rebaños de pelotudos”, “comparsa de planeros y choripaneros”, “mujeres que tienen 500 hijos por la AUH”, “ocupas y negros de las villas”, etc.

Tampoco es patrimonio de una alianza política. Es cierto que en Juntos por el Cambio estas ideas son dominantes, pero no debe olvidarse, que Zarate, el municipio lugar donde se educaron los rugbiers hoy acusados de asesinatos, está gobernado por el Frente de Todos. La madre de Máximo Thomsen, lider del grupo de rugbiers, era Secretaria de Obras Públicas de la ciudad.

La contracara de la coartada de los ocho rugbiers locos, es culpar al conjunto de la sociedad por lo ocurrido. Pero estas culpas no son socializables. No todas las familias de este país educan a sus hijos en los valores del desprecio por los que cumplen sus obligaciones sociales, o por los más humildes. No todos los jóvenes de nuestro país se sienten impunes frente al poder judicial y la policía. Por el contrario, la mayoría de los jóvenes de este país, padecen al poder judicial y a la policía. Que los ideólogos de los crímenes de clase no se hagan cargo de los hechos provocados, no es una novedad en la política argentina.

Durante la última dictadura, grandes empresarios y medios de comunicación, que habían trabajado activamente para el golpe y actuaron como delatores, después trataron de apartarse de su responsabilidad en el genocidio. Con mucho cinismo, se mostraron preocupados y acongojados por las tropelías cometidas por los militares como las desapariciones, las torturas y los robos de bebés.
De la misma forma, hoy grandes medios nacionales y notorios comunicadores de la derecha, parecen horrorizarse porque mataron a golpes a la salida de un boliche a un joven de 18 años, de tez morena y de padres inmigrantes paraguayos.

En las pocas manifestaciones conocidas de los imputados, lo dominante es la incredulidad. Expresiones como: “salimos a divertirnos y tuvimos una mala noche”, expresan su desconcierto. ¿Qué está pasando? Pareciera que no les cabe en la cabeza que por “un negro de mierda que caducó”, estén enfrentando la posibilidad de una prisión perpetua. Seguramente todas las noches se duermen pensando que a la mañana siguiente van a venir “los que mandan” a poner las cosas en orden.

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