Integración, Soberanía y Socialismo en América Latina

Integración, Soberanía y Socialismo en América Latina

16Abr23 1 Por Claudio Katz

El siguiente es el décimocuarto y último de la serie de artículos que tan gentilmente envió su autor para ser publicados en este portal periodístico. Están todos a disposición en la sección, Reflexiones Críticas.

América Latina necesita resistir la dominación que ejerce el imperialismo estadounidense y la dependencia económica que se ha generado con China. Esa acción combinada es indispensable para apuntalar el desarrollo, mejorar los ingresos populares y reducir la desigualdad de la región. Son dos batallas de distinto tipo, pero que transitan por la misma construcción de un entramado regional autónomo.

          Ese enlace serviría, ante todo, para recuperar la soberanía latinoamericana frente a la injerencia imperial de Washington. Pero facilitaría también el desenvolvimiento de la zona, frente a la regresión productiva que generan los convenios de cada país con Beijing. Tomar plena conciencia de ambas metas y buscar la forma de combinar su logro es un objetivo central de la unidad regional.

          Sin erradicar la presencia encubierta de los marines y la desembozada injerencia de los embajadores yanquis, América Latina no puede adoptar las decisiones que necesita, para remodelar su economía. Pero sin revertir la suscripción de los convenios balcanizados con China que potencian el despojo de los recursos naturales, tampoco se podrá erradicar el subdesarrollo de la región.

NEGOCIAR EN BLOQUE CON CHINA

          Ya existen contundentes indicios de la adversidad que entraña para la región, el esquema actual de relaciones con China. Frente a esas evidencias, sólo se han multiplicado las sugerencias, exhortaciones o convocatorias a corregir los contratiempos, pero sin propuestas para enmendar el problema. No alcanza con llamados a desenvolver “estrategias triangulares”, para reposicionar en forma autónoma a Latinoamérica en la disputa de China con Estados Unidos. Esas convocatorias son meramente formales, si continúan divorciadas de alguna medida para efectivizar ese llamado.

          Una concreción de ese tipo implica crear las condiciones para una negociación económica en bloque con el gigante oriental. Sólo ese contrapeso permitiría equilibrar los convenios que favorecen a Beijing, revirtiendo la transferencia de ingresos hacia un gran acreedor, inversor y cliente de toda la zona.

          Es evidente que los tratados actuales acentúan la primarización, el extractivismo y la dependencia y que deberían transformarse en acuerdos de signo inverso. Sólo cuando faciliten la inversión productiva, la reindustrialización y la transferencia de tecnología serán favorables al desarrollo latinoamericano. Pero esa reorientación, nunca será alcanzada con las dispersas tratativas que desenvuelven las desguarnecidas economías latinoamericanas, frente al poder centralizado de China.

          Un replanteo latinoamericano debería registrar el cambio en curso en el escenario mundial. La globalización uniforme que comandaba Estados Unidos a principios del nuevo siglo ha quedado sustituida por un choque de proyectos, actualmente plasmados en la confrontación de La Alianza para la Prosperidad Económica de las Américas con la Ruta de la Seda. China no sólo apuntala un diseño global alternativo, sino que se adelanta, penetra y socava las iniciativas estadounidenses. Washington busca responder con presiones militares y nuevas apuestas económicas, concertadas con sus poderosos aliados de Occidente y Oriente.
          En lugar de continuar sometida a los mandatos geopolíticos de Estados Unidos y a las prioridades comerciales de China, América Latina puede replantear en forma drástica su relación con los dos poderosos del planeta. Necesita recuperar su independencia real frente al dominador del Norte y reordenar los acuerdos con Beijing, aprovechando la flexibilidad de esos tratados. La Ruta de la Seda recién despunta, no tiene basamentos previos en ninguno de los países asociados y está sujeta a lo que puedan demandar sus participantes.

          América Latina no ha explorado ninguna de esas alternativas porque mantiene una conducta pasiva, que simplemente convalida los negocios acordados con Beijing por los grupos capitalistas dominantes de cada país.

          El único organismo asignado a las tratativas colectivas es la CELAC-China, que se limita a recrear agendas protocolares con escasa incidencia en el futuro de la región. Sin forjar un bloque de negociación unitaria, la región continuará acorralada en el formato actual de los Tratados de Libre Comercio y no podría usufructuar de los cambios en esos convenios.

OTRO ESCENARIO DE LOS TLCS

          Las adversidades que generan los TLCs explican su continuada impugnación en numerosas partes del mundo. Esa resistencia se verifica especialmente en los sectores agrarios, afectados por la destrucción de la pequeña propiedad. La organización Vía Campesina impulsa un movimiento de perdurable rechazo a los tratados de apertura comercial, que provocan el despojo de los agricultores, el incremento de la concentración de tierras y el creciente predominio de la exportación en desmedro del abastecimiento local. Las importantes acciones contra los TLCs en países asiáticos (Geum-Soon, 2021) o latinoamericanos (Pastrana; Castro 2020) ilustran la vigencia de esa resistencia.

        Pero a escala global ya no se verifican movimientos del mismo peso que en las décadas precedentes. Esas movilizaciones dieron lugar al surgimiento del Foro Social Mundal, como ámbito de denuncia de la globalización capitalista. También apuntalaron las resistencias regionalizadas, que tuvieron un primer éxito en la derrota propinada en Europa a un ensayo de libre comercio irrestricto (AMI en 1998). Una segunda coronación de esa secuencia fue la victoria sudamericana contra el ALCA (en el 2005). Ese reguero de protestas decayó posteriormente, hasta perder en la actualidad la incidencia del pasado.

            La consolidación de los TLCs ha influido significativamente sobre ese reflujo. El ritmo de suscripción de estos convenios se disparó en los últimos años, a pesar del freno registrado en la propia globalización. Mientras que el comercio cesó de aumentar por encima de la producción, los acuerdos de intercambio siguieron prosperando.

Este divorcio se mantuvo incluso en los dos momentos de gran paralización de la economía, que impusieron la crisis del 2008-09 y la pandemia. El nivel de actividad productiva quedó impactado por esos dos acontecimientos, pero los TLCs sobrevivieron y se extendieron en medio de ambos colapsos.

Este contraste es particularmente llamativo, si se observa la enorme intervención de los Estados en las dos situaciones. El rescate de los bancos y el sostenimiento de las empresas con fondos públicos fueron acciones llamativamente contradictorias con la desregulación que fomentan los acuerdos de libre comercio (Ghiotto, 2020).

Es cierto que el proteccionismo reintroducido por Trump frenó la escala de esas suscripciones, pero tan sólo en forma transitoria y en la esfera de los convenios propiciados por Estados Unidos. Los socios occidentales de la primera potencia siguieron concertando acuerdos y China imprimió un inédito ritmo a las tratativas. La Ruta de la Seda corona y articula ese avance de los tratados, a través de una red global del transporte y las comunicaciones.

La impugnación en bloque a los TLCs por parte de los movimientos sociales afronta un nuevo escenario. Los liberales continúan promocionándolos, pero la ultraderecha trumpista los cuestiona, con banderas que idolatran el proteccionismo, exaltan el chauvinismo y denigran la inmigración. Esa oposición reaccionaria a los TLCs complica las posturas de la izquierda, que a principios del nuevo siglo era la única objetora relevante de esos tratados.

Durante el auge del Foro Social Mundial, las organizaciones más radicales comandaron la batalla contra los TLCS y lograron victorias que aún persisten. Generaron campañas internacionales que continúan impactando en todo el mundo. Las denuncias de la explotación de los niños africanos en las minas o de los trabajadores brutalmente explotados en Bangladesh (Ropa Limpia) ejemplifican la vitalidad de esos cuestionamientos (Hernández; Ramiro, 2016).

Pero ya no se registran las grandes movilizaciones frente a las Cumbres del G 7, que anualmente transformaban a distintas urbes del planeta en grandes áreas de resistencia callejera. Ese declive del radicalismo altermundista ha incrementado la incidencia de los aparatos sindicales internacionales y las ONG moderadas, que siempre objetaron la batalla frontal contra los TLCs, auspiciando mejorar su funcionamiento con la introducción de cláusulas sociales (Ventrici; Dobrusin, 2018).

Esos abordajes alentaron formas de negociación internacional, en tensión con la pretensión empresaria de autorregular su conducta, con las vagas normas de auditoria privada. Con la pantalla de la “Responsabilidad Social Corporativa”, las firmas eludieron durante mucho tiempo cualquier tratativa o aceptaron ajustarlas a un marco global, sin ninguna presencia rectora de los Estados nacionales.

Al cabo de numerosas pulseadas se han generalizado las negociaciones de varias casas matrices con las federaciones sindicales internacionales, que suelen discutir salarios, condiciones de trabajo y derechos de los gremios. Esas discusiones se desenvuelven sin ninguna movilización desde abajo y en el marco usual del lobby que propician los jerarcas sindicales. El sindicalismo transnacional proyecta fuera de las fronteras de cada país la misma conducta que desenvuelve a escala nacional y privilegia la presión institucionalizada a las huelgas o movilizaciones callejeras (Antentas, 2012).

Las empresas suelen rehuir el otorgamiento de concesiones significativas, aprovechan la terciarización de sus actividades en incontables firmas subcontratistas y continúan lucrando con la diferenciación internacional de salarios. Pero deben lidiar con un inédito contexto.

NOVEDOSAS NEGOCIACIONES Y ALTERNATIVAS

El nuevo escenario genera sorpresivos resultados y lo ocurrido con el TMEC de México, Estados Unidos y Canadá es muy llamativo. Ese convenio sucedió al TLCAN (NAFTA) en un marco de acotada resistencia, en comparación a la fulminante derrota que sufrió el ALCA (Ghiotto, 2016).

A diferencia de ese desenlace el TMEC se consolidó en el hemisferio norte, pero con modificaciones en su formato inicial de mera tiranía empresaria. La presión ejercida por los sindicatos estadounidense permitió la introducción de ciertas normas de incremento salarial (La Jornada, 2022) y el derecho de agremiación para los trabajadores mexicanos (Cano, 2022).

Este cambio ilustra un contexto muy distinto al prevaleciente en la década pasada, cuando sólo predominaban las acciones colectivas del movimiento antiglobalización contra los TLCs (Botto, 2014). La misma mutación afecta al movimiento que doblegó al ALCA. El trasfondo del problema radica en que ya no existe un sólo proyecto dominante impulsado por Estados Unidos, que desate la oposición convergente de los movimientos, sindicatos o gobiernos de América Latina.

Washington tantea múltiples y contradictorias iniciativas para recomponer su dominación de la región, mientras China se ha convertido en la principal promotora de los TLCs, con los consiguientes efectos de esa incidencia en América Latina.

          Las inversiones asiáticas en minería, combustibles o agroexportaciones están generando adversidades semejantes en las condiciones de trabajo y el entorno ambiental, que los procesos auspiciados por firmas estadounidenses, europeas o japonesas. Lo mismo ocurre con los niveles de explotación imperante en las fábricas gestionados por Beijing. Es imperioso cuestionar esos atropellos y exigir cláusulas de protección, extendiendo a los contratos con China, el mismo tipo de demandas que comenzaron a regir en el T MEC con Estados Unidos.

          La generalización de esos correctivos podría ser conceptualizada como una introducción de los principios de Bandung en la Ruta de la Seda. Es la propuesta que han sugerido algunos analistas en los debates sobre ese proyecto (Mohanty, 2022). Las ideas de emancipación social que estaban presentes en los años 50, en la Conferencia de los líderes que comandaron la Independencia de Asia y África, podrían actualizarse en el nuevo formato del entramado económico mundial que auspicia China.

          Un proyecto meramente centrado en principios de libre comercio, competitividad y rentabilidad podría encontrar su contrapeso de demandas populares, si los movimientos sociales, los gobiernos radicales y las fuerzas izquierda apuntalan esa remodelación. América Latina podría jugar un papel protagónico en ese replanteo, si consolida su propio formato de unidad antiimperialista.

Ese rumbo exige recomponer, ante todo, los ámbitos de gestación de la unidad regional por abajo, que comenzaron a despuntar en la década pasada en las “Cumbres de los Pueblos”. En las acciones contra el ALCA, los Foros Sociales Alterglobalistas, las confluencias de UNASUR y las reuniones del ALBA emergieron esas dinámicas alternativas.

Allí comenzó la elaboración de propuestas de unidad latinoamericana con perfiles radicales, sentidos antimperialistas y aspectos anticapitalistas. Esa trayectoria comienza a ser retomada por las iniciativas de la CELAC Social. Todavía no resurgió la ebullición que acompañó la primera oleada progresista, pero se multiplican los indicios de un rebrote de esa tradición, en torno al programa convergente que elaboran los movimientos populares de la región.

Esa plataforma denuncia el flagelo de la desigualdad, proclama la necesidad de una política tributaria progresiva, exige el incremento de los salarios mínimos y el establecimiento de un piso común de ingresos para toda la zona. Promueve, además, iniciativas para generar trabajo productivo, con medidas específicas para eliminar el trabajo infantil, proteger a los migrantes, mejorar las jubilaciones y reducir la jornada de trabajo.

Ese camino exige recuperar, además, la soberanía financiera, socavada por el endeudamiento y el control que ejerce el FMI sobre la política económica de numerosas naciones. Implica imponer la auditoría general de esos pasivos y la suspensión de pagos en los países más comprometidos, para sentar las bases de una Nueva Arquitectura Financiera. También supone avanzar hacia la soberanía energética, constituyendo grandes entes interestatales, para complementar los recursos de los distintos países y comenzar ya mismo la creación de una empresa estatal latinoamericana del litio.

La maduración de esos proyectos podría constituir el aporte latinoamericano al desarrollo de una alternativa global contra el capitalismo neoliberal, que actualmente prevalece en el planeta. El perfil de ese modelo puede avizorarse evaluando las opciones en debate.

PLURIPOLARIDAD VERSUS MULTIPOLARIDAD

Todas las concepciones críticas del sistema actual coinciden en diagnósticos semejantes sobre las tragedias que incuba el capitalismo, en el terreno de la opresión social, la devastación bélica y la catástrofe ambiental. Pero las visiones más corrientes estiman que esas desventuras podrían enmendarse o atenuarse, con la sola dispersión del poder mundial. Estiman que la pérdida de la supremacía estadounidense y la vigencia de un mayor equilibrio global entre potencias, aliviará de por sí las contradicciones del capitalismo. En esta mirada se inspiran las convocatorias a forjar un mundo multipolar.

          Pero expectativas muy semejantes fueron desmentidas en la última centuria por las devastadoras crisis periódicas, que genera el propio funcionamiento del sistema actual. El descalabro financiero del 2008-2009 fue la ilustración más reciente de esos irresolubles desequilibrios.

          El socorro estatal pospuso las consecuencias de ese temblor, pero el capitalismo inmediatamente potenció los efectos de la calamidad natural generada por la pandemia. Esa secuencia confirmó que la batalla contra este sistema es insoslayable, para gestar un proyecto de bienestar colectivo.

          Esa ansiada opción exige retomar la meta estratégica del socialismo, junto a novedosos cursos de transición para alcanzar ese objetivo. Un horizonte de este tipo fue esbozado por Chávez, al postular un escenario de pluripolaridad, como el marco más favorable para un pasaje posterior al socialismo (Tricontinental, 2023).

          Ese modelo de pluripolaridad promueve contrarrestar el destructivo poder del sistema imperial que comanda Estados Unidos. Pero no restringe la batalla a una simple contraposición entre opciones multipolares y unipolares. Tampoco se limita a formular contrapuntos entre el multipolarismo progresista del Sur y el multipolarismo conservador del Norte.

          La tesis pluripolar cuestiona al sistema capitalista que subyace en todas esas vertientes y postula un camino socialista de erradicación de ese régimen, a través mediaciones transitorias que enuncia de manera tentativa. Propone un rumbo para debilitar la dominación imperialista forjando al mismo tiempo los pilares de un futuro poscapitalista.

          Un enfoque político convergente con esta propuesta enfatiza la centralidad de la lucha contra el imperialismo, denunciando la nueva guerra fría que ha desatado Estados Unidos contra Rusia y China. Señala que la primera potencia está empeñada en restaurar su primacía, con agresiones contra todos los gobiernos que no acepten sus exigencias (Manifiesto, 2021). También resalta la centralidad de la confrontación contra la ultraderecha y describe acertadamente, cómo la adaptación socialdemócrata al neoliberalismo ha permitido la canalización regresiva del descontento.

            Otras miradas con puntos de coincidencia proponen apuntalar la gestación de un horizonte internacional alternativo, recreando viejos organismos (como el Movimiento de No Alineados) o alumbrando otros (como la Internacional Progresista), en una dirección que no se limite a sustituir la unipolaridad capitalista por la multipolaridad capitalista.

          Un fundamento conceptual de la estrategia pluripolar es el señalamiento de la gran diversidad de hegemonías que ha imperado a lo largo de la historia y la consiguiente generación de brechas en la dominación global, que facilitaron la irrupción de los cursos alternativos (Kagarlitsky, 2014: 1-14)

          Pero lo que distingue esencialmente a un proyecto de pluripolaridad socialista del planteo meramente multipolar, es el énfasis en un programa radical-revolucionario de transición anticapitalista. Esa plataforma implica auspiciar la desmercantilización de los recursos básicos, la reducción de la jornada de trabajo y la nacionalización de los bancos y las plataformas digitales, a fin de crear las bases de una economía más igualitaria.

          La segunda diferencia sustancial con el enfoque multipolar es el protagonismo asignado a los sujetos populares en todas las transformaciones propuestas. La tesis pluripolar apuesta a la pujanza de los movimientos de resistencia, subrayando la relevancia de esa batalla. Ese abordaje contrasta con las miradas exclusivamente centradas en acontecimientos geopolíticos.

          La visión multipolar más corriente supone que las transformaciones progresistas emergerán como un mero resultado de pulseadas entre potencias o gobiernos. La mirada alternativa adopta otro criterio y apuntala una construcción ubicada en el universo de los explotados, los desposeídos y los luchadores.

REPLANTEOS SOCIALISTAS

La pluripolaridad es concebida como un escenario favorable para retomar la batalla por el socialismo, en un contexto muy distinto a la segunda mitad del siglo pasado. Actualmente no se verifica la expectativa de procesos revolucionarios simultáneos o concatenados, que acompañó a todos los momentos de triunfo anticapitalista.

El contexto creado por las victorias en Rusia, China, Vietnam o Cuba no se repite aún en la nueva centuria. Junto al desplome de la URSS, también declinó la esperanza en una paulatina extensión geográfica del socialismo a partir de una matriz ya consolidada. Estas carencias tornan más imprevisible, el rumbo que podría adoptar una trayectoria de erradicación global del capitalismo.

Pero las referencias al socialismo han reaparecido igualmente en América Latina, a través de la enceguecida campaña que despliega la ultraderecha contra la principal meta de la izquierda. Sus voceros más reaccionarios observan la presencia de ese proyecto en incontables corrientes, gobiernos o personalidades de la región. Cuestionan la deriva socialista de funcionarios moderados y la contaminación comunista de cualquier variante del progresismo.

Esa patética actitud maccartista ha colocado nuevamente en el centro de la escena el sentido de una sociedad poscapitalista. Por esa insólita vía todos los conceptos del léxico socialista han recuperado una inesperada gravitación.

La furia anticomunista no es tan sólo otro delirio de la ultraderecha. En su fanática defensa del sistema actual identifica al principal adversario de ese régimen. Este oponente no exhibe por ahora la fuerza del pasado, ni la capacidad de disputar primacía con las distintas vertientes de las clases dominantes. Pero el socialismo continúa encarnando la única alternativa efectivamente contrapuesta a la regresión que propician los neofascistas. No se equivocan en su percepción de los enemigos.

El socialismo persiste como el único proyecto sustancialmente alternativo a las tragedias que augura el capitalismo. Es el gran antídoto para los sufrimientos, las guerras y la destrucción del medio ambiente que genera el sistema imperante. Todos los intentos de la heterodoxia socialdemócrata para reformar o humanizar este régimen han fallado, porque la propia dinámica del capitalismo obstruye esos alivios (Katz, 2017).

            El funcionamiento del sistema actual acrecienta el desempleo, la desigualdad y la pobreza, refutando todas las fantasías neoliberales sobre las virtudes del mercado. El ideal comunista es mucho menos utópico, que todas las inconsistentes ilusiones propagadas por la ortodoxia liberal. Se asienta en el reconocimiento de las contradicciones irresolubles del capitalismo, que la heterodoxia progresista sueña con enmendar a través de una mayor intervención del Estado.

Retomar sin vergüenza, timidez o prevención la identidad política socialista es el punto de partida de cualquier reformulación de un proyecto alternativo. Es válido objetar o renunciar al objetivo poscapitalista, pero su mera ignorancia conduce a un mar de confusiones. Esa omisión impide saber lo que se ambiciona para el futuro. Las ideas, los símbolos y las denominaciones del proyecto socialista incluyen dos siglos de historia, cuyo olvido imposibilita forjar otro modelo de porvenir.

Por esa razón es importante explicitar la meta socialista. No rehuir ese postulado, ni amoldarse a la habitual renuencia del progresismo a mencionar ese objetivo. Se ha tornado muy corriente hablar de “otro mundo”, de “otra sociedad” o de “otro futuro” distinto al capitalismo, pero sin aludir al propósito alternativo que encarna el socialismo.

Ese ideal afronta en América Latina las mismas dificultades que rodean a otros proyectos radicales. Es una meta que recobró fuerza en la década pasada con las experiencias de Cuba, Venezuela, Bolivia y el ALBA y está afectada por el repliegue de esos procesos.

En ninguno de estos casos el objetivo histórico de una sociedad de abundancia, igualdad y bienestar común fue efectivamente gestado, pero por distintos senderos se transitaron los primeros pasos para construir ese propósito. Siempre hubo gran conciencia del carácter prolongado de esa lucha y el curso de los acontecimientos ha corroborado que esa gesta está rodeada de complejos avances y retrocesos.

Cuba continúa aportando un horizonte socialista que sólo cobraría sustancia visible, en confluencia con procesos del mismo tipo a escala regional o global. Venezuela ha padecido una agotadora batalla por la supervivencia, que opacó el sentido renovación imaginado con los programas del socialismo del siglo XXI. En Bolivia esa misma meta fue reformulada en términos locales, adaptados a la gravitación de los pueblos originarios y al modelo plurinacional.

El ALBA despuntó como una alternativa de coordinación económica solidaria y resistencia antiimperialista. Aportó importantes indicios de los puentes a forjar entre ese enlace regional y la meta universal del socialismo.

Partiendo de estos antecedentes, la región cumple un papel decisivo en la renovación del ideal socialista y en las estrategias para alcanzarlo. El nuevo contexto de resurgimiento de la lucha popular, con victorias electorales del progresismo y fuerte contraofensiva de la derecha anticipa el escenario de las próximas batallas. Allí volverá a emerger el contorno de una futura sociedad de igualdad, justicia y democracia.   

Claudio Katz                         

RESUMEN

La región necesita resistir la dominación estadounidense y negociar en bloque con China, para recuperar soberanía y revertir su regresión económica. Existen condiciones favorables para introducir ambos giros

La confrontación con los Tratados de Libre Comercio incluye nuevos senderos. Logros en su normativa podrían pavimentar un Bandung en la Ruta de la Seda, pero se requiere afianzar la construcción de la unidad popular latinoamericana.

Una estrategia internacional de pluripolaridad se gesta con programas radical-revolucionarios basados en el protagonismo popular. Diverge con la mera multipolaridad por el horizonte socialista, que podría ser apuntalado con el protagonismo de América Latina.

REFERENCIAS

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Pastrana Buelvas, Eduardo; Castro Alegría, Rafael (2020), Auge y estancamiento de la Alianza del Pacífico,18-2 2020 https://www.fundacioncarolina.es/wp-content/uploads/2020/02/AC-7.2020.pdf

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Katz, Claudio (2017). Socialismo y antiimperialismo, 8-11-2017, www.lahaine.org/katz

El artículo sale publicado completo con la estructura con la que lo envió el autor.

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