Grindr, entre la pobreza y el placer

Grindr, entre la pobreza y el placer

8Nov23 0 Por Nelson Santacruz

Recorrimos varios barrios vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires para ver cómo funciona Grindr, la app para tener sexo que usan varones gays, bisexuales y chicas trans. Prejuicios y miedos desde afuera, pero también el fetiche de la pobreza. Las múltiples caras de la estigmatización también en la sexualidad.



Entre las aplicaciones de citas más utilizadas en Argentina como Bumble, Badoo, Happn, Her, OkCupid y Tinder hay una que sobresale en la búsqueda de, puntualmente, sexo entre varones. Grindr es una app que utilizan chicos gays, heterosexuales y bisexuales como también mujeres trans para concretar encuentros íntimos “a los chapasos”. Su éxito, basado en la velocidad de la geolocalización, produjo la descarga en más de 50 millones de dispositivos en todo el mundo desde 2009. México es uno de los países con más usuarios, mientras que los datos de la app demostraron que nuestro país se encuentra entre los tres con más usuarios con preferencias de roles “activos” en la cama, luego de Colombia y Filipinas. Pero, ¿por qué les contamos esto? Nos enfocamos, en el mes del orgullo, en el placer de los barrios populares donde esta aplicación no queda atrás.

Buscamos los pro y los contra de ser el puto del barrio donde el estigma no solo penetra en términos culturales, sociales, económicos y políticos sino también sexuales. “Hay gente que puede permitirse disfrutar de su sexualidad y otros que no pueden”, nos dijo Cerita, un trabajador sexual mientras compartimos un café en un rincón de Constitución. Sin desmerecer las luchas concretas de la comunidad LGBTIQ+ en nuestra coyuntura, como la aparición de Tehuel, la implementación real del cupo laboral travesti-trans, acceso a la vivienda digna y la necesidad de hacer frente al fascismo homoodiante de Milei, este articulo es una propuesta diferente.

Analizar Grindr desde el punto de vista de clase nos da un pantallazo de la diversidad que camina los pasillos buscando su derecho al placer utilizando el algoritmo. Más de un entrevistado me dijo “ahí no se busca amor”, como por ejemplo pasa en Tinder. “Es medio todo a las chapas”, me remarcó un chico de la Villa 31 mientras movilizaba en la 5ta Marcha del Orgullo LGBTransvillera Plurinacional de su barrio. Ahí reafirmé con varias voces anónimas que esta aplicación tiene un objetivo principal: coger. 

Además de las entrevistas relevé a diez usuarixs que utilizan esta aplicación en barrios vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires. Más de la mitad me dijeron que han sido bloqueados por otras personas al decir que el punto de encuentro era dentro o cerca de un barrio popular. “Zona roja”, “zona peligrosa”, ¿les suena? Nueve me dijeron que habían sido estigmatizados al aclarar que eran de tal o cual barrio. “Todo va bien hasta que decís que sos de una villa. En general no se termina concretando nada”. La mitad han sido bloqueados alguna vez por tener cuerpos gordos, marrones o porque en “la foto que se intercambian se ven ladrillos pelados y un pasillo”. Tres chicos me dijeron que hay una tendencia de “morbo” o “fetiche” por los “turros”, y que les han ofrecido dinero. La mitad también me comentaron que suelen preguntar por la venta de drogas. Una chica trans resaltó que varias veces la discriminaron con palabras “muy fuertes e hirientes” al negarse a una cita. Las apps son violentas, superficiales, pero tal vez Grindr se zarpa.


SEXO EN TIEMPOS DE APPS

La aplicación selecciona personas según las preferencias. Busca el hombre perfecto para los gustos del usuario en base a altura, peso, edad, preferencia de roles (pasivo, activo, versátil), geolocalización y múltiples otros filtros muy intuitivos. Hasta se puede incorporar el “estado de VIH”, si se tuvo viruela símica o si el usuario se aplicó la vacuna contra el Covid-19. En fin, un mundo de información que en 2017, y al menos por dos años, Grindr vendió sin consentimiento a otras empresas (sobre todo de publicidad) y por lo cual fue multada con al menos seis millones de euros. Pero esa es otra historia.

Ximena del barrio Zavaleta, en Nueva Pompeya, es una chica trans que se descargó la app con la intención de engancharse con “algún paraguayo”. Dice que le encantan los chicos de ese país. No aclara por qué. Prefiere el mayor anonimato posible, y cuenta que disfruta mucho vincularse más allá de lo sexual tomando algo o haciendo amistades. “Nosotras, las mujeres trans siempre corremos más riesgos. Hoy no se cumple el 1% del cupo laboral, no quieren alquilarnos una habitación para vivir, vamos a los comedores porque no tenemos muchas veces para comer y la mayoría estan en situación de prostitución”, explicó y desarrolló: “Es decir, en la app somos deseadas pero a escondidas. En lo sexual nos quieren pero en secreto. La mayoría que me hablan son hombres con familia, ‘tapados’, y si no accedés a cosas que te piden te dicen ‘puto de mierda’ o cosas peores”. 

-¿Qué te preocupa sobre el uso de la app?
-Me ha pasado de hablar con un pibe, todo bien, hasta que nos encontramos y sacó un arma para robarme. No es algo usual pero pasa, hay que cuidarse. Muchos hombres curiosos entran para no concretar nada o usan fotos falsas y al momento del encuentro no es quien decía ser. Pero Grindr tiene más ventajas que desventajas. Estas cosas son casos aislados.

Román de Villa 20, en Lugano, coincide. “Uno aprende a usarlo con el tiempo. No encontrás el príncipe azul en Grindr. Hasta que concretás con la persona no sabés realmente con quién hablás, como toda app. Tengo amigos que han sido robados, se sabe en el ambiente de eso. No es fácil después contar que te robaron porque arreglaste coger con un desconocido”, señaló.

-¿Qué pasa con la app en el barrio?
-Tenemos mucha mochila encima. En el ambiente hay algo así como las divinas y las populares. Hay un estereotipo gay que acentúa el físico, el auto, la casa linda y las fotos de sus viajes de vacaciones. Un pibe gay del barrio tiene un fondo de ladrillo pelado o un pasillo. Si bien a algunos no les molesta, y hasta le da morbo, no es lo común para mí. A mi me han llegado a hablar solo para decirme que no tendría que tener Grindr porque soy feo. Si sos gordo y marrón es peor. La violencia no solamente se nota en el cuerpo sino en esas agresiones verbales o la indiferencia por tu dirección. No solo te bloquean por donde vivís cuando buscás un trabajo, también te bloquean si buscás placer.


ORGULLOSAMENTE PUTO

Era martes, llovía a cántaros, prestaba para un café. La Casa Roja de Constitución abrió sus puertas a la comisura de sus ojos. Pablo, “Cerita Negra”, nos daría una óptica diferente del análisis del sexo en los barrios populares, de Grindr como herramienta y del trabajo sexual que hoy es la identidad política de este chico de 34 años. “Esta cutis es por el aloe vera”, dice, ríe. Es que no parece de la edad que dice tener, su frescura es la de un chico mucho más joven. Pero atrás de su sonrisa perlada hay una historia como la de mucho maricón de cualquier villa. Pura valentía y puro moretón. “Yo vengo de lo que es un barrio periférico de Rosario. Se llama Barrio Municipal, perteneciente a Nuevo Alberdi”, cuenta quien además es masajista y generador de contenidos eróticos. Desde que conoció a un seguidor de su trabajo, hoy su actual pareja, vive en Buenos Aires recorriendo las páginas de lucha en Ammar (Sindicato de Trabajadorxs Sexuales Argentina). “El placer entre alguien con plata y alguien pobre tiene quizá una diferencia y es que ellos tienen agua caliente”, subraya, vuelve a sonreir. Sirve el café. Sigue: “Yo resalto que en general quien es del barrio coge con quien conoce ese territorio”.

-¿Hoy un trabajador informal como un albañil, un vendedor ambulante o recolector de basura puede pagar servicios sexuales con otros varones?
-Puede. Pero ojo, mi trabajo no es solo sexo, hay mucho de contención. Uno trata de escuchar a los clientes y son realidades muy duras. Ellos se matan laburando en cosas pesadas. Como decirlo… ¿viste cuando los albañiles hacen un asado al final de la obra? Bueno, salir a las cinco de la tarde un viernes e irse de putas sigue siendo una práctica. Contratarme, al final de la semana, es comerse ese asado porque ‘se lo ganaron’ y se permiten coger.

Cerita viene de una casa difícil, “tóxica”. Cualquier cosa que lo sacara de allí, durante su adolescencia, podía ser una oportunidad: “Mi familia estaba atravesada por el consumo problemático. No había tantas herramientas para enfrentar esa situación”. Para él sus primeros encuentros sexuales no eran por dinero sino para salir de ese contexto. Me contó que llegó a su primera “tetera” siendo un adolescente: “Me escapé de clases porque ahí no la pasaba bien. A mi me decían puto, maricón, pero no comprendía aún lo que significaba. Es como que la gente entendía primero lo que yo era antes que yo mismo”, recordó. “Fui a Plaza Sarmiento, a un baño, y sin querer me encontré con situaciones entre hombres que me resultaron llamativas. Volví a ir muchas veces. Ningún adulto se me acercaba hasta que uno me comentó que en la esquina estaba la Vox, Asociación Civil Rosario”. Ahí fue donde empezó a militar entre películas, debates, mates y amistades de pibes de su edad y con sus mismas inquietudes. “Ese chico me cambió la vida. Llegué a ese espacio un martes a las seis de la tarde, tímido. No sabía ni conjugar sujeto y predicado”. Y remata: “Ninguna tetera puede ser el lugar de pertenencia de un adolescente, hoy lo sé”.

-¿Qué experiencias tenés de Grindr?
-Siempre me moví con clientes del sector popular. Me gusta la tierra, el barro, soy ese elemento porque estoy hecho de calle. Algo que sabemos las personas que somos de los barrios es saber aprovechar las oportunidades. Un vendedor ambulante está acostumbrado a que la sociedad no lo mire y si se da cuenta que uno lo registra entre toda la masa de gente y ve que lo mirás con deseo… ese chico aprovecha y se acerca. No se da tantas vueltas en eso, es un fuego. 

-¿Qué tienen en común un trabajador sexual con un vendedor de pañuelitos?
-Un vendedor de pañuelitos tiene chamuyo. Si me ven a mí, medio mariposón, se acercan y son re copados. Mi trabajo es mirar a la gente, es entenderlos y adelantarme a sus deseos. Ellos también tienen esa cancha. Me convidan una gaseosa o cerveza, un choripán y me cogen. Grindr es una herramienta más para eso, pero no la única.

Para Cerita, Grindr tiene riesgos, como en todos lados: “Lo importante es que  hagas lo que no te de seguridad. No vayas, no te mandes solo. De última quedate en tu casa y te clavás un par de pajas”, vuelve a reír. Él se atreve a decir que hoy hay muchísimos más heterosexuales que gays en esa app: “Yo no creo que sean gays o bisexuales reprimidos. Cada uno vive como puede y como quiere su sexualidad. Mis clientes promedio ya tienen vidas establecidas, familia, trabajo. Buscan un escape de la realidad”.

-¿Por qué los laburantes del sector popular simplemente no disfrutan libremente?
-Creo que porque les falta hablar del tema. Por ahí vos y yo podemos pensar en esto, tenemos ese tiempo, reflexiones sobre la vida. Pero los trabajadores informales tienen que comer, laburar, sufrir algunas violencias en el barrio… ya no hay tiempo para desarrollar esa opción, ese permitido. No pueden leer a Pedro Lemebel, no todos llegan a eso para procesar lo que les pasa con la sexualidad.

Terminamos la entrevista. Hablamos un montón pero seguía lloviendo. Le pregunté sobre lo orgullosamente puto, sobre qué nota hoy en los barrios. Cree que sigue siendo duro pero que las cosas se fueron transformando: “Estamos los putos del barrio a quienes se nos notan las plumas, somos los más agredidos y perseguidos. Después está el que come callado, ¿no? Pero los vecinos aún no logran entender la diversidad sexual y lo que le pasa al otro cuando es atacado”, reflexiona. “Si sos el puto de la villa no la pasas bien ni para ir a un kiosco: se burlan, te gritan, te pueden pegar. Pero también puede que ya no pase nada, hay cosas que cambiaron. Que la lucha logró mejorar”.

Fuente: Revista Cìtrica https://revistacitrica.com/grindr-la-app-para-tener-sexo-entre-varones-entre-la-pobreza-y-el-placer.html

Fotos: Rodrigo Ruiz