Milei pierde adhesiones

Milei pierde adhesiones

3Ene24 0 Por Guillermo Cieza

Según una encuestas de Zuban-Cordoba publicada la semana pasada, el gobierno está perdiendo alrededor de un punto de consenso, cada 24 horas.

Habría descendido de un 61% que acumuló en los días posteriores a la elección a un 44%. Es probable que esta vertiginosa caída se vaya aminorando, pero podría suceder que a fines de enero, o en febrero cuando lleguen las aumentadas facturas de los servicios públicos, el gobierno se haya quedado con poco más del 30% de aceptación, que es el núcleo duro de la derecha argentina.

Ese tercio de la población argentina puede estar satisfecha con un gobierno que, como bien apunta Mario Hernández,  ha repartido sus ministerios entre : “macristas, menemistas, cavallistas, ejecutivos de grandes empresas, miembros del establishment, responsables de la crisis del 2001. No falta ninguno de los que hundieron el país en la miseria y la dependencia”.

El problema que tienen es que no resulta fácil gobernar a un país como la Argentina con un consenso tan escaso. Milei no tiene la cobertura del apoyo peronista con que contaba Menem,  ni ha podido sumar a los popes sindicales que, desde Frondizi en adelante, incluyendo a Onganìa,  Perón y a todos los gobiernos post-dictadura, concedieron largos períodos de apoyo a “la gobernabilidad”.  No puede sumar a la Iglesia, a los asalariados, a los jubilados, a los colegios profesionales, a los movimientos sociales duros o conciliadores, a los organismos de derechos humanos, a los inquilinos, ni a las minorías migrantes.  Incluso ha llegado a disgustar a organizaciones de medianos y grandes propietarios rurales como la CRA que se quejan por las subas de retenciones agropecuarias.

La estrategia de la derecha ha sido responsabilizar de la crisis a “la casta política”,  promoviendo disputas horizontales y castigos a los que, Mauricio Macri, caracteriza como “orcos”:  piqueteros, mapuches, jóvenes de los barrios populares, extranjeros de países limítrofes, mujeres radicalizadas, ladrones de poca monta, ocupas, manteros, consumidores de drogas no legalizadas, transas, docentes que hacen paros, ambientalistas, etc. El problema es que ninguno de esos actores sociales tienen identidad suficiente para ser elegidos como el “gran enemigo“ en un país donde los ingresos populares son devorados por la inflación. Llegadas las fiestas en buena parte de las mesas argentinas la carne vacuna fue reemplazada por el pollo o el pescado, los regalos familiares escasearon y en la costa, la ocupación generada por el turismo no supera el 60%. El último aumento de los combustibles, anticipa menos turistas y una nueva ola de remarcaciones.

El dolido lamento del estudiante venezolano que aportaba sus videos propagandizando la candidatura de Milei y ahora llorisquea porque, debido al DNU presidencial, no puede continuar en forma gratuita sus estudios en la Universidad, tiene un fuerte contenido simbólico. Ilustra a una parte de los habitantes de este país que, muy ofuscada por su lenta, pero continuada precarización social, intentó expresar su bronca y se pegó un tiro en el pie. Tamaña impericia da para la chicana tribunera: “Que boludos, que boludos, a los votos se los meten en el c….”. Sin embargo, como ocurre en el fútbol, no es fácil reconocer que nuestro arquero se olvida las manos en el vestuarios y que el líder de nuestro equipo es un patadura.

 El DNU y la Ley Omnibus han tenido la virtud de promover un amplio abanico de rechazos populares, y generaron un escenario donde el abrupto descenso de los ingresos, va a seguir convirtiéndose en el principal combustible del conflicto social. El último de los tontos, que se cree la mentira que la culpa de sus fracasos es de alguno de sus vecinos o compañeros de trabajo, va a hacer las compras todos los días y comprueba que cada día le alcanza para menos.

La amenaza del gobierno de que si no se apoya al DNU presidencial y la ley Omnibus se va a producir “una catástrofe social de proporciones bíblicas”, puede sensibilizar a los adherentes a iglesías evangelicas, o dar argumentos a sus votantes que siguen responsabilizando de todo lo que ocurre a la herencia del gobierno anterior (y no pueden ir más lejos, porque su antecesor fue Macri). Pero parecen demasiado frágiles para convencer a la mayoría de una sociedad muy compleja y exasperada como es la argentina.

Si el gobierno no está peor es porque se advierte un vacío político por parte de la oposición. Ese vacío no lo están ocupando, ni deberían ocuparlo, legisladores escondidos debajo de la cama o referentes políticos al acecho de que se agrave el incendio social para ofrecerse como bomberos. Seguramente va a hacer falta una amplia coordinación de todos los que resisten, con acuerdos básicos como voltear a la ley Omnibus y los DNU presidenciales, derogar el protocolo que limita la expresión y protesta popular, frenar los despidos, recomponer los ingresos populares (salarios, jubilaciones y planes sociales), frenar las privatizaciones de empresas del Estado y el saqueo de los bienes naturales.

Resulta evidente que las luchas populares, que han puesto el eje en lo identitario, han contribuido a la fragmentación. La muy oportuna iniciativa de incorporar demandas legítimas han sido bastardeadas por el culto a la diversidad, provocando un debilitamiento de las fuerzas populares. La ofensiva general que encabeza Milei, da la oportunidad de reconstruir puentes. A modo de ejemplo, entre ambientalistas que se oponen a que se valorice más el oro que el agua, con pequeños y medianos productores que van a desaparecer como tales por el agotamiento o contaminación de las napas, con pequeños comercios o empresas que viven del turismo o la gastronomía, con jefas de hogar que aportan al desarrollo de empresas de economía popular.

Si la resistencia se diluye en reclamos corporativos, o se vuelve a insistir en propuestas recicladas de lo que ya nos gobernó, estamos en problemas. Por el lado del peronismo, no se trata de negar su historia con sus luces y sombras, sino hacerse cargo de que lo que ha propuesto en los últimos años no han sido alternativa representativas de “otro proyecto de país”. Candidatos presidenciales como Daniel Scioli (actual embajador de Brasil), Alberto Fernández  que pasará a la historia por sus cuatro años haciendo la plancha, y Sergio Massa que hoy duda si convertirse en consultor de alguna multinacional o retomar su carrera política, no entusiasman, y no pudieron ganarle a la derecha. Hay que buscar otros horizontes, fuerzas nuevas, aunque haya muchas dificultades y las perspectivas sean de mediano plazo.

Hoy lo urgente es detener a Milei, y en tiempos de resistencia se comparten trincheras con aliados inesperados. Pero no tendríamos que limitarnos a resistir. Pensando en la creación de nuevas alternativas me parece necesario no enamorarse de las iniciativas sectoriales. No confundir el principio con el camino. Solo tendremos posibilidades de incidencia política, si apostamos a la construcción de nuevos frentes o movimientos sociales y políticos, organizados de abajo hacia arriba, convocados sin sectarismos pero con programas comunes. Desde allí, y tratando de fortalecer estos espacios se pueden aprovechar convocatorias como la del paro y movilización propuesta para la CGT para el 24 de enero.