El movimiento asambleario, alcances y límites

El movimiento asambleario, alcances y límites

21Ene24 0 Por Dante Alfaro

Estas líneas solo procuran aportar a un debate sobre las instituciones políticas de la Argentina. Por tanto, nada definitivo, sino apuntes de un observador participante.

¿Por qué los ciudadanos se autoconvocan y organizan en asambleas en lugar de canalizar sus reivindicaciones por medio de los partidos políticos? ¿Por qué el sistema de partidos, supuesto pilar de la democracia, ha caído en el descrédito en la población que, sin embargo, se sigue expresando por medio de ellos periódicamente en las urnas? ¿Solo es atribuible a la propaganda antipolítica de los medios y que circula en las redes sociales?

Este observador considera que, durante cuarenta años de democracia, los partidos políticos en su conjunto, pero particularmente los mayoritarios, fueron abdicando de su misión fundamental de alentar la participación política del pueblo, de formar cuadros militantes, de hacer docencia entre la población. Por el contrario, los partidos, circunscriptos a un paradigma de democracia representativa que cada vez representaba menos al pueblo y más los intereses de las corporaciones, fueron también cooptados y  colonizados por la voz de orden del neoliberalismo. De esta reconfiguración de los partidos tradicionales resultó una suerte de metamorfosis de los mismos, donde cada uno de ellos deja de representar a las clases y grupos sociales que le dieron origen, para pasar a expresar con matices relativos, los intereses de distintas fracciones de las clases dominantes. Fenómeno que reproduce una tendencia en todo el mundo.

Por lo tanto, la promesa de priorizar el bienestar general (que la democracia dé de comer, eduque y cure) chocaría inevitablemente con la exigencia externa de pagar la deuda contraída, primero por la dictadura y luego por distintos gobiernos sometidos a las políticas del FMI, asegurar la “gobernabilidad” (resbaladizo concepto que apenas enmascara la aspiración de disciplinar al conjunto social para asegurar la continuidad del régimen político), la alternancia en el poder político en ese esquema bipartidista, y las relaciones más estrechas (¿carnales?) con los Estados Unidos.

El posibilismo comenzó a calar hondo en las cúpulas partidarias, se fue conformando una comunidad política cuya función principal es la de proveer el personal burocrático al Estado en sus distintos niveles, comunidad que, por su comportamiento, en cierto modo endogámico, merece el título de casta. En ese formato, para toda esa casta, con las debidas excepciones a la regla, que las hay, cualquier gesto de autonomía frente al poder económico y financiero transnacionalizado, era un acto de irresponsabilidad e insensatez, que ponía en entredicho, la “previsibilidad” jurídica, la “credibilidad de las instituciones” etc. del país que según ese discurso del neoliberalismo impediría las inversiones.

Porque si analizamos detenidamente la experiencia reciente, la actividad política se circunscribe a las campañas electorales, dominadas por los medios, manipuladas por las empresas consultoras, donde el pueblo solo es espectador de un partido que juegan otros.  Una vez instalados en el Ejecutivo se convoca a los “técnicos”, para ocupar ministerios, es decir gente que no votó nadie, pero conforman verdaderos pelotones de burócratas, provistos por las corporaciones para orientar las políticas principalmente económicas.

La primera reacción popular contra ese sistema representativo decadente, fue el levantamiento del 19 y el 20 de diciembre de 2001, que eyectó al gobierno de De la Rúa. La explosión del movimiento asambleario, el florecimiento de empresas recuperadas por sus trabajadores, los movimientos piqueteros, pasaron a conformar un paisaje inédito que motivó a estudiosos, científicos sociales, filósofos y activistas en general a venir a la Argentina a observar e interiorizarse de esos fenómenos.

El estallido de diciembre de 2001, hizo saltar en pedazos el esquema bipartidista. El resultado de la atomización fue el surgimiento de agrupaciones de carácter fluctuante y efímero, que se fueron conformando alrededor de caudillos y trabajosamente se han aliado en coaliciones de precario equilibrio y duración. La creación de las PASO, la aplicación en algunas provincias de la ley de lemas, los balotajes y otros mecanismos de ingeniería electoral no han servido para tapar la crisis de representación del sistema de partidos.

Un intervalo ilustrativo

El viernes 25 de abril de 1986, en el Aula Magna de la entonces Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, el célebre filósofo italiano Norberto Bobbio ofreció la clase inaugural de la Carrera de Ciencia Política (UBA) sobre “El futuro de la democracia”.

La carrera se centra en la teoría y la práctica del gobierno y la política a nivel local, estatal, nacional e internacional. Por ello, se dedica a comprender el funcionamiento de instituciones, prácticas y relaciones que constituyen la vida pública y los modos de investigación que promueven la ciudadanía. Pocos días antes se había conmemorado el 10° aniversario del golpe de Estado cívico militar. ¿No resulta paradójico que al mismo tiempo que la política era reconocida por la academia como una ciencia y por tanto como objeto de estudio, el decurso de los 40 años de democracia no constituiría, contra lo esperable, el escenario de una mayor participación política de la ciudadanía? Las instituciones de la república comenzaron a verse como espacios lejanos a las necesidades e intereses de la población y más relacionados con los intereses de las élites.

Crisis del sistema de partidos

La década de los 90 del siglo pasado fue quizá, luego de las dictaduras, el mayor experimento social del neoliberalismo en el Conosur de erradicar la política, o para decirlo más precisamente para expropiar la política de la práctica de las masas. ¿Y eso se pudo haber logrado sin el concurso de los propios partidos políticos que acataban los principales lineamientos del Consenso de Wáshington? Que el principal partido que históricamente representaba los intereses de las “mayorías nacionales y populares” encabezara con Menem la transformación de la sociedad en clave neoliberal es el mayor logro del imperio.

La juventud encontraría en la música y en las bandas de rock un canal para transitar un proceso social lleno de incertidumbre y falta de horizontes. La “política” desde los gobiernos de Menem acotaría su accionar en los barrios, a cumplir tareas de asistencialismo que entronizarían el papel de los “punteros”, las “manzaneras” etc. 

Naturalmente que los “equilibrios” arduamente conseguidos como la convertibilidad, apenas ocultaban un proceso de pauperización de las masas y de un crecimiento económico sin distribución equivalente que alimentaba la olla a presión en la sociedad. Lo que se iba configurando en un paisaje de enorme fragmentación, era una sociedad de dos plantas.  Se comenzó a hablar de un fantasma: el estallido social. Y el mismo tomó cuerpo por primera vez en diciembre de 1993 con el “santiagueñazo” mediante el cual los empleados provinciales encabezaron la pueblada que volteó al gobierno autocrático de los Juárez.

El proceso abierto luego de la crisis de 2001, que incluye los tres gobiernos del kirchnerismo, solo parcialmente favoreció el regreso de la política, aunque se lograra recuperar la participación de una parte de la juventud, pero en su forma contaminada por la cooptación y el clientelismo. La “militancia” pasó a ser una actividad mayormente rentada con fondos del Estado.

Bien visto, el proceso de despolitización viene de lejos y no es solo achacable a las campañas mediáticas, y al accionar perverso del enemigo. Ese proceso comenzó de la manera más cruenta en 1976 solo por poner una fecha de referencia, ya que como sabemos el genocidio y el terrorismo de Estado son anteriores al 24 de marzo de aquel año. Para despolitizar a la sociedad la gran burguesía, por medio de las FF.AA hubo de exterminar a 30 mil compañeros, mayormente jóvenes que se perfilaban como la nueva dirigencia política del país pero al servicio de intereses ajenos  y opuestos a los del gran capital. Porque las masas, con su tendencia natural a la acción política independiente, no son garantía de “gobernabilidad” ni de mantenimiento de los privilegios de las minorías que expolian al país. Por eso los procesos asamblearios no solo cuestionan el statu quo, sino las formas más abyectas y decadentes del sistema representativo que representa a las élites y no al pueblo. La democracia directa o participativa es la forma de expresión que busca no solo ser parte sino empoderar al pueblo para que decida. Lo contrario de lo que prescribe el artículo 22 de la Constitución: “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”.

Las asambleas populares que se conforman en distintas localidades de todo el país, constituyen un movimiento amplio que enarbola diversos reclamos, que se encamina a discutir qué proyecto de país y de sociedad es deseable y necesario construir, donde también surgen ideas y asoman liderazgos naturales.  O sea que cumplen algunas funciones consustanciales a los partidos políticos sin llegar a sustituirlos.

¿La crisis de los partidos equivale al toque a difuntos para los mismos? ¿Pueden renovarse los partidos políticos de la Argentina? Difícil es el pronóstico, y la respuesta está condicionada a la recuperación del pueblo de la política como instrumento efectivo de transformación social.

Este observador activo considera que la gran tarea del momento, al calor de esta profunda crisis, es la repolitización de la sociedad y el reenclasamiento de los trabajadores. Porque en resumidas cuentas la asunción a la presidencia de Javier Milei y su camarilla de aventureros, ilustra perfectamente el agotamiento y descomposición del régimen. Lo cual hace oportuno recordar un pensamiento de John William Cooke:  “Participar -aunque ello fuese posible- en el régimen que deseamos combatir sería adoptar el reformismo y abandonar la vía revolucionaria. El reformismo constituye la defensa de las instituciones que han caducado. Cuando esas instituciones entran en contradicción con la realidad social, cuando las nuevas fuerzas que aspiran al poder hacen valer imperiosamente sus reclamos, el reformismo cumple la doble función de frenar la dinámica dentro del campo revolucionario y de ofrecer paliativos para la situación en crisis. Pero el reformismo no es un elemento de la nueva organización social, sino un engranaje del orden de cosas que ha entrado en descomposición. Es una demostración más de que el hecho revolucionario es imprescindible, y aunque a veces pueda demorarlo, no lo evita, porque la coyuntura revolucionaria permanece sin modificar”.

Dante Alfaro

Fuente: Ayllu