Cortázar: Cenizas enamoradas y una tumba cortada al medio

Cortázar: Cenizas enamoradas y una tumba cortada al medio

12Feb24 0 Por Marcelo Valko

A propósito del aniversario de la muerte del escritor, ocurrida el 12 de febrero de 1984. 

Mientras buscamos la tumba de Julio Cortázar cae una garúa en forma tenue en el cementerio parisino de Montparnasse. El atardecer otoñal y la ligera llovizna brindan una ambientación ideal para la tarea, con algo de niebla la escenografía estaría completa. No vemos ningún empleado que nos oriente, seguramente andan acovachados, dada la cercanía del horario de cierre. Estamos solos, si fuera otro lugar podría emplear aquel refrán “no se ve un alma” pero en este ámbito vaya uno a saber…

Mejor empiezo por el principio. Cuando estuve en Alemania presentando “Pedagogía de la Desmemoria” hacer una escapada a París era una tentación irresistible. El tren de alta velocidad que por momentos alcanza 315 km por hora se presentaba como la serpiente ofreciendo la apetecible manzana que obviamente probamos. Nos alojamos en el último piso de un apartamento por día que es más económico que un hotel. De yapa, desde los ventanales de aquella antigua buhardilla veíamos la punta de la Tour Eiffel. ¡Oh, La-La!

            Ernst Hemingway no se excede con el título de su novela Paris era una fiesta realmente es imposible que no lo fuera. Es la ciudad Luz. El Sena, sinuoso, femenino, al encenderse las primeras luces parece escapado de la paleta de un impresionista. Es una fiesta de colores y movimiento. Su espíritu latino se impone de inmediato más aun viniendo de los modos germanos. Al salir de la estación de tren ya queríamos detenernos en el primero de sus infinitos bares donde es habitual sentarse mirando hacia la calle, hacia el ritmo de la vida que pasa y enamora. La capital francesa tiene puntos insoslayables como la torre de 300 metros diseñada por Gustave Eiffel, el Museo del Louvre o las ondulantes riberas del Sena. Y aunque el Arco de Triunfo mandado a construir por Napoleón conmemorando sus victorias guerreras busca empequeñecer a quien lo contempla también permite recordar que la historia demuestra que todo lo que sube termina cayendo. La leyenda “Libertad, Igualdad, Fraternidad” grabada en el frente de grandes edificios públicos nos retrotrae de inmediato a 1789. Conmueve subir la cuesta de Montmartre para detenerse en la rue Lepic 54 frente al edificio donde vivió el alucinado Vincent Van Gogh durante unos años junto a su fiel hermano Theo. También impacta el espacio donde estuvo levantado el “practico” invento de Monsieur Joseph Guillotin para que la Revolución ofrezca una muerte instantánea e indolora para todos y todas… En esa plaza que hoy se llama “De la Concordia” rodaron millares de cabezas incluidas las testas reales de Luis XVI y María Antonieta.

            Por supuesto hay otros mil lugares como la curiosa necrópolis con millones de esqueletos en el subsuelo parisino de la que hablaré en otro momento. En mi caso y sobre todo deseaba estar en un par de sitios que tienen relación con Julio Cortázar un escritor que me sedujo profundamente desde adolescente y que hoy sigo saboreando. En principio necesitaba cruzar el Puente de las Artes, anticipo que carece del glamour y magnificencia del que mandó a construir el Zar Alejandro III cercano a la Tour Eiffel en un despilfarro del dinero del pueblo ruso que, como bien sabemos a sus descendientes le costó aún más caro. Tampoco posee la antigüedad del Pont Neuf que data de 1578. La estructura de hierro del Ponts des Arts, en realidad una pasarela peatonal, no lo convierte ni en el más bello ni el más antiguo de Paris, en una margen del Sena se encuentra el Louvre y en la otra orilla no lejos de allí el café Les Deux Magots que frecuentaba Sartre y Simone de Beauvoir. Si bien desde el centro del puente se aprecia una hermosa vista de la Isla de la Ciudad donde se encuentra Notre Dame, mi interés era otro: allí transcurre el inicio de Rayuela donde Oliveira espera encontrar a La Maga.

El sortilegio de la literatura logra el prodigio de dar vida a situaciones y personajes literarios que algunos vivenciamos como reales. Allí Oliveira lanza aquella frase inicial “¿Encontraría a La Maga?”. La busca en ese puente donde sabe que no está, por eso verbaliza en potencial un mantra para dar con ella. Parece una escena algo forzada pero todo lector de Julio sabe que no lo es.

            Inicié el relato con el otro sitio que se refiere a la tumba del Cortázar que buscamos aquella tarde otoñal, y como más de uno puede sospechar una tumba puede ser un mero final pero también un portal que sigue comunicando incluso cosas jamás dichas o escritas en vida. Nos movimos sigilosos, atentos a ver y sentir, como cazadores tras una huella tenue en medio del laberinto de antiguos sepulcros de Montparnasse. En esa dimensión tan diferente y hasta hostil, entre tanta gente que ya era pasado, buscaba a uno que estaba muy presente para mí. Finalmente una lápida se destacó por su claridad del conjunto lúgubre. El mármol blanco se impuso como un faro en medio de la oscuridad enmohecida del resto contradiciendo la angustia ante lo desconocido. Allí estaba él con su ironía en medio de la solemnidad de la muerte.

            La losa está dividida en dos. En la cabecera donde usualmente se coloca una cruz emerge el tótem de un Cronopio realizado con varios círculos de piedra verdosa coronada por un pequeño rostro blanco que se inclina amoroso sobre la tumba. En el sector superior de la lápida se encuentra tallado el nombre de Carol Dunlop quien fuera su segunda esposa enterrada allí en 1982. Dos años después, en la otra mitad se depositaron las cenizas de Julio.

            Como se aprecia en la fotografía los visitantes dejan recordatorios, esquemas de rayuelas, pequeñas notas manuscritas, piedritas, una copa, castañas de un árbol cercano, numerosos boletos evocando el tránsito de Julio como un viaje. Un lector dejó una edición francesa de Cronopios et Fameux protegida por un nylon, algunas flores marchitas aparecen dispersas. Las hojas otoñales enmarcan la escena. Cada tanto el personal municipal barre con todo dando cumplimiento al expreso pedido de la lápida que solicita “respetar la claridad y calma de la tumba”. En nuestro caso nos abstuvimos de colocar nada. Más arriba mencione a La Maga, y si bien se trató de una persona real y concreta, la alemana Edith Aron, sin embargo, conocedores de la obra y de la vida de Julio, me incluyo, insisten en que la verdadera Maga fue Aurora Bernárdez la primera esposa del escritor que lo acompañó a lo largo de toda la vida con la magia de lo concreto. Aurora era licenciada en letras de la UBA y tenía 28 años cuando conoce a Cortázar. A partir de ese momento nada los va a separar, ni siquiera su propio divorcio.

            En Paris traduce al castellano a Flaubert, Bradbury, Sartre, Camus, Simone de Beauvoir y Faulkner entre otros. Pese a la separación siguieron compartiendo la vida a punto tal que cuando Dunlop enfermó ofreció su casa de Mallorca y acompañó a Cortázar en ese trance. Dos años después, cuando el escritor se encuentra internado, ella estuvo día y noche a su lado. El Cronopio la nombra albacea y heredera, recordemos que Julio no tuvo hijos. Bernárdez se convierte en guardiana de su obra literaria, clasifica la correspondencia, los archivos, supervisa nuevas ediciones y también sus textos inéditos.

            ¡Corten! Antes de seguir y quizás parafraseando al mismo Cortázar, o tal vez a Calac y Polanco, esos personajes que se colaban en sus páginas como un alter ego podrían objetarme: “¿el tipo va a Paris a visitar muertos y conocer lugares frecuentados por personajes literarios inexistentes? Cortemos acá y dejémonos de pavadas…” ¡Qué puedo retrucar si es cierto! Apenas agregar que me hubiese maravillado tomar algo con él en uno de esos bares que aparecen en sus novelas. Contarle por ejemplo que la primera vez que finalice Cronopios regresaba en un colectivo 60 de la Facultad y por única vez en mi vida de lector advertí que ese autor estaba muerto, que no habría una segunda parte nunca más. Fue la única vez que tuve esa sensación… Pero mejor me abstengo de agregar nada más y regreso al relato.

            La lapida nos sorprendió no solo por su blancura y aquí viene el título de esta nota. Bernárdez sobrevivió largamente a Cortázar, falleció a los 94 años, es decir 30 años después. En 30 años se piensan muchas cosas. Y aunque el tango afirme “20 años no es nada…” y pasan en un abrir y cerrar de ojos, es un lapso suficiente para prever la vida de ultratumba y decidir cuál será el destino de los propios despojos… Aurora cumpliendo el mandato que Julio le impuso en el lecho de muerte lo enterró junto a Dunlop. A su vez, luego de meditar durante tres décadas dispuso que sus propios restos acabaran allí, pero obviamente en la mitad que le corresponde a Julio. Una tumba cortada al medio por cenizas enamoradas… Un adagio asegura que en la guerra y en el amor todo vale como esta pequeña y secreta venganza de quedarse forever and ever junto con aquel hombre. Ese indicio no hace más que confirmar la estrecha relación que los unía a ambos.

            Apoyado en la baranda del Ponts des Arts, el mismo donde cincuenta años atrás Oliveira buscó a La Maga sabiendo que no estaría, observe quizás lo mismo que Cortázar vio alguna vez y fue inevitable pronunciar el mismo mantra:

            – “¿Encontraría a La Maga?” -Miré con ansiedad ambas márgenes del Sena. A lo lejos, en la orilla del Louvre una silueta alta y delgada avanzaba hacia el puente… Los invito, a desandar hasta el primer renglón y empezar de nuevo el camino en esta Rayuela, http://marcelovalko.com en donde todo es lento, pero viene…

Marcelo Valko.